19 oct 2011

ARTICULO PERIODISTICO

Por Roberto Noboa

ADVIERTEN DESDE EL GOBIERNO EL PLAN TENDIENTE A ELIMINAR LOS FUTUROS AUMENTOS
DEL PRECIO DE LA CARNE VACUNA. 

Ante manifestaciones surgidas del seno de los empresarios productores y matarifes involucrados, el gobierno ha implementado ya un mecanismo para enfrentar la carestía que se avecina, dada la disminución de los stocks ganaderos convencionales.
Las estimaciones de los futuros aumentos que rondarían el 15% para el resto del año calendario, serán combatidos con diversas, contundentes y draconianas medidas de fondo.
Ya están en funcionamiento criaderos de perros, gatos, mulas y asnos que aumentaran en Liniers, la oferta cárnica mayorista.
Además, se han inaugurado, a la fecha, mataderos para estos nuevos tipos de ganado, con destino a faena.
Asimismo, se ha creado un plan coordinado para la requisa domiciliaria de los exponentes de las especies en cuestión con tal fin.
Las autoridades sanitarias y bromatológicas tienen ya sus equipos de inspectores veterinarios especializados, asesorados por técnicos laosianos, listos para entrar en acción.
Las producciones mencionadas "ut supra", se verán engrosadas también con la recolección de las unidades del Instituto de Zoonosis Louis Pasteur, el cual ha incrementado su numero, atento a las necesidades alimentarias de la población, y con el fin de colaborar, en la medida de todas sus posibilidades, ha resuelto instalar en los puntos neurálgicos y estratégicos de cada barrio, una picadora gigante, para vender su producto, discriminado por especie, a precios populares.
A su vez, los haras, studes, lazareto, e hipódromos, harán lo propio para disminuir la dependencia del consumo porteño de las carnes vacunas.
Con toda esta batería de medidas de acciones concertadas y sin precedentes, tomadas por el

Gobierno, el mismo confía en mantener estable, por el resto del año, el precio de la carne vacuna, tal como lo asegura el funcionario Sr. X:X:                                                             

10 oct 2011

La Caja del abuelo

La luna lucía extraña desde las ventanas del cacerío, era verano y se veía encendida como si fuera el sol brillando a medianoche. Se escuchaban voces a lo lejos, eran unos cuantos niños y un perro que habían decidido pasar la noche en el claro del bosque. Uno de ellos traía una caja de madera, cerrada con un candado de bronce. Dijo que la había encontrado en el cuartito donde su abuelo tenía las herramientas y que guardaba un secreto de familia.
Se acomodaron en rueda, encendieron una fogata y abrieron la caja rompiendo el candado. Tapado de polvo apareció un pequeño libro con una cubierta gris donde se leía “Mensaje en la Oscuridad”. Al hojearlo, un olor nauseabundo salía de sus páginas y un viento arrasante comenzó a agitar las ramas mientras las hojas se iluminaban como pequeños espejos. Lo que veían iba más allá de lo conocido. Destellos como copos incandescentes se desprendían de la luna y caían incesantemente, posándose en las copas de los árboles y deslizándose entre las raíces enredadas en el suelo rocoso.

Curiosamente se confundían con el plumaje blanco de los búhos, que quedaron inmóviles al ver las flores silvestres desplegando sus pétalos a la medianoche. Desde entonces y por el asombro, sus ojos amarillos permanecerían abiertos para siempre. Y entonces la música. Comenzó suave hasta convertirse en contundente y uniforme.

Por las extrañas luces que la luna dejaba caer como rocío en la espesura, los niños apagaron la fogata y corrieron a esconderse detrás de los arbustos cubriéndose con las frazadas. Espiaban en silencio tratando de descifrar los mensajes ocultos en la música.

Inesperadamente en el horizonte apareció un resplandor majestuoso que con singular cadencia se acercaba a ellos. Los acordes sonaron más fuerte, como avisando a las pequeñas luminarias que como chispazos desparejos iban desapareciendo impulsados hacia la enorme luz. Embobados veían como todo aquello fantástico se desvanecía frente a sus ojos perdiéndose en la lejanía.

Debajo de las frazadas los cuatro respiraron de alivio. La caja estaba apenas unos metros delante de ellos pero ninguno se atrevía a acercarse. Finalmente el más osado tomó coraje, de una corrida cerró el libro y de otro manotazo lo metió en la caja, luego sin mucho que pensar entre todos la enterraron entre los árboles. El perro alerta observaba.

Ya en la mañana algo confundidos y cansados por no haber dormido, llegaron al pueblo, decidieron sentarse un rato en la escalinata de la plaza. Conversaban nerviosos y se prometieron no volver a hablar del asunto. De pronto escucharon ladrar al perro que venía corriendo desde el bosque trayendo algo en el hocico, al detenerse lo dejó  caer frente a ellos, se espantaron al ver que se trataba del pequeño libro que al abrirse liberó con el polvo, aquel misterioso olor.

Susana Scorpiniti

(6/08/2011)

Descubriendo a Ana

Parecía un día como otros, parecía una persona como cualquier otra, después de pasar tiempo con ella entendí que algo nuevo para mí había comenzado.
Con ella y su charla sutil, sensible y divertida, caminé al encuentro del placer por el mágico sendero de las palabras. Desde entonces van pidiendo salir una tras otra para convertirse en ecos de todo mi ser. Sensaciones, emociones y hasta sueños y fantasías, se fueron acomodando hasta quedar inmortalizadas en cuentos.
Dejaré en mi lugar mi perfume y esos cuentos. Quien los lea, después que me haya ido, sabrá que pasé por aquí. Y la sigo escuchando, y la sigo disfrutando por esto y por tantas otras cosas que no he mencionado, el próximo jueves a las cinco y media, Ana estará esperando.
Susana Scorpiniti
(7/08/2011)


Alma Peregrina


Agustín observaba desde arriba como un gigante sin tiempo, mientras saciaba su sed con el agua pura de la Eternidad.
Joven, casi un niño,  cuando un inesperado viaje lo transportó más allá de su historia. Por eso cuando divisó la Luz en el fondo de aquel lago oscuro, se atrevió a volar dejando la mitad de su corazón con los que se quedaron. Tropezaría con ellos nuevamente  para compartir secretos  disfrazados que esperaban su momento para salir a escena.
Primero dirigió su vuelo  hasta la casa al pie de la sierra. Cristina su madre, desconsolada estaba en su cuarto, sosteniendo el balón blanco y negro firmado por su estrella favorita, buscando la manera de aliviar tanto dolor.
Hacía un mes de la muerte de Agustín. Era Invierno. Los árboles sin hojas lo anunciaban, también el viento soplando los copos de nieve cubriendo  de a poco el jardín.
Alrededor de las diez de la mañana, Max, el perro que su hijo había criado de cachorro ladró sin cesar detrás de la casa, llamando la atención de Cristina y obligándola a salir para ver que pasaba. Con asombro descubrió el pequeño jazmín que Agustín le había regalado y plantado algunos meses antes de su muerte. Allí estaba el pequeño arbolito, desafiando al frío y a la nieve con sus hojas brillantes y el aroma inconfundible de sus flores preferidas.
Las palabras no salían, su corazón se detuvo, sus ojos hablaban por ella. Las lágrimas rodaron por sus mejillas como si fueran las caricias de su hijo.
Continuó su camino revoloteando sobre las casa de sus amigos, justamente esa tarde de domingo cuando los tres estaban reunidos. Allí pudo comprobar que esos tres muchachos lo acompañarían por siempre.
Recordarán las veces que juntos se equivocaron. Las veces que hacían de todos la derrota de uno, las veces que tuvieron miedo y las que se perdonaron.
Por todas esas cosas y al observarlos hoy desde arriba sin haberse ido del todo, reconoce el sentido que sus inseparables compañeros le dieron a su vida.
 Por eso antes de continuar su viaje, pensó en despedirse con aquello que los unía. Golpeando la puerta a la misma hora de siempre sorprende a sus camaradas quienes al abrirla se encuentran con el reluciente balón blanco y negro el umbral. El mismo con el que Agustín aparecía cada domingo a las dos de la tarde, dejándoles saber  que no estaba dispuesto a ser olvidado. 

Susana Scorpiniti
(21/08/2010)



Dos Pasiones

Desde hace cinco años antes del amanecer el hombre espera apoyado en el balcón de su casa, como en un puerto abandonado, la llegada de un viejo carguero trayendo los sueños perdidos. Eugenio, alrededor de setenta años, con su cabeza color de luna observa el despunte del sol en Lago Escondido.
Recorre con su mirada el horizonte, las fachadas despintadas, los jardines resecos e infértiles, poco atractivos para que cientos de mariposas vuelvan a retozar  en sus canteros.
Las calles áridas y terrosas, de un color indefinido, y al final del pueblo la torre de hierro de la vieja fábrica. La misma que después de traer al poblado orgullo y prosperidad, en solo veinte años dejó en su retirada desolación  y tristeza.
La soledad de Eugenio comenzó hace veinte años, cuando Algodonera de Oriente cerró sus puertas, dejando sin trabajo a tres cuartas partes de la población, convirtiendo a Lago Escondido  en un villorrio enterrado en su propio pasado. Solo quedan hoy, suspendidos en el tiempo, los vecinos viejos como parte del paisaje.
Escabullida entre tantos jóvenes que escaparon en busca de oportunidades en la gran ciudad, estaba Flor,  la hija de Eugenio, rebelde con o sin causa, un espíritu libre y lista para cualquier acción. A pesar de todas las súplicas de su padre, partió un día con rumbo desconocido, con la promesa de escribir en cuanto le fuera posible. Dejó bien en claro que solo regresaría cuando toda la pasión que su padre siente hacia el pueblo sea suficiente para teñirlo de blanco y volver a pintarlo, cuando por la misma pasión corran lágrimas suficientes para humedecer  la tierra, dibujar la sonrisa en los rostros de los viejos de la plaza y hacer que el mejor maestro de la gran ciudad se acerque para iluminar la mente de los niños de Lago Escondido.
En un intento por sobreponerse a su dolor, de tanto en tanto Eugenio pasa por el bodegón  de Don Mario, en la calle principal  frente a la plaza, lindando con el almacén de ramos generales del gringo Antonio, a conversar con algunos vecinos. Le han comentado que está por llegar una Bióloga  reconocida de una importante empresa para realizar estudios en la zona, ya que la construcción de una nueva represa es un hecho, abriéndose mil quinientos puestos de trabajo para la región.
Muchos años han pasado desde aquel amanecer ensombrecido. Como única foto quedó en la mente de Eugenio antes que las lágrimas empañaran sus anteojos, la polvareda levantada por la camioneta que se llevaba a Flor.
Esta mañana, como otras, bien temprano, con la taza de café humeando en una mano y tres bizcochos en la otra, sale al balcón. Amaneció claro, el sol de Otoño tiene bastante que ver en eso. Mientras tanto el viento se ocupa de empujar la neblina sucia alejándola del caserío.
Apenas terminando el café, ya casi por entrar nuevamente a la casa, sus ojos se hunden en el horizonte, el sol lo encandila pero no puede impedirle ver que a lo lejos un vehículo se aproxima a gran velocidad levantando una colosal polvareda. Logra divisar una camioneta azul eléctrico tan brillante que ni la misma tierra puede opacarla. Faltando escasos cincuenta metros para pasar por la puerta de su casa, que en contraste luce antigua y deslucida, dejando al descubierto la soledad y la tristeza de su dueño, detiene su marcha. En su interior ver la figura de una mujer con gafas oscuras al volante y un acompañante. La mujer abre la puerta, desciende, encaminándose hacia el portal de la casa, golpea delicada pero insistentemente.
Eugenio, nervioso, se apresura  a bajar la escalera lo más rápido que puede, trastabillando en los últimos escalones. Y al abrir la puerta,  se encuentra con la muchacha parada en el porch. En silencio se quita los anteojos y dice:_¡Hola Pa, solo fue el tiempo que me tomó reunir las lágrimas necesarias para humedecer esta tierra y comprender la pasión desmedida que te une a este pueblo para que juntos volvamos a pintarlo.

Susana Scorpiniti
(24/03/2010)





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El viaje de Lorenzo

Sin poder disimular el intenso dolor de muelas que lo tortura desde hace tres días, Lorenzo sube al consultorio del 5º piso.

Al bajar del ascensor, y luego de golpear una sencilla puerta, es recibido por Berta, la asistente del odontólogo, quien lo invita con una sonrisa a tomar asiento en uno de los sillones de la sala.

Cuando queda solo y en silencio, con su padecimiento a cuestas, se relaja para sentir algo de alivio. Elige el sillón más grande donde se desparrama y estira los brazos sobre el respaldo, acomodando su cabeza hacia atrás. El deseo de sacarse los zapatos cruza su mente. Distraído mira el reloj que marca las tres y media de la tarde.

En la pared frente a él, un enorme almanaque muestra la fotografía de un tigre destacándose en la penumbra de la selva. Los ojos entreabiertos de Lorenzo observan la escena mientras una extraña neblina lo va envolviendo.

Cuando sus párpados terminan de cerrarse, su rostro relajado ya no refleja dolor, la luz de su realidad se apaga. Ya dormido viaja solo atravesando el túnel de los milagros,  arribando de improviso al lugar donde la fantasía queda atrapada en medio del amanecer y el crepúsculo. 

Lorenzo se sorprende al verse sentado bajo un árbol, vestido, de noche y en plena selva con el uniforme azul de la escuela, y la mochila cargada de libros todavía colgando de su espalda.

La luna llena ilumina el claro del bosque nutriendo la inspiración de los cantores salvajes de la noche. Comienza a caminar, extraños senderos se abren a su paso, los árboles se agitan dándole la bienvenida como si fuera un nuevo huésped en la espesura.

Súbitamente un sonido desentona la calma. Quiere comprobar de que se trata, pero la niebla que cubre la jungla se hace cómplice del místico paisaje desorientando a Lorenzo, que no logra entender  lo que sucede.

Su corazón palpita desconfiado, acelera el paso. El retumbo ahora más cercano lo despista y la adrenalina comienza a invadirlo.

Las hojas secas crujiendo y chasqueando detrás de él lo alertan. Aterrado, comienza a correr utilizando  sus brazos como remos para apartar las ramas que golpean su cara, de repente, el sonido se mezcla con el susurro de un río que aparece frente suyo. Ve que un enorme tronco lo atraviesa, se apresta a pasar a la otra orilla. Le cuesta mantenerse firme, el tronco se arquea lentamente, trastabilla y cae. Un enorme árbol, arrastrado por la corriente se acerca peligrosamente a él en el torbellino.

Sin pensarlo mucho, convencido de su oportunidad, se aferra a una de sus ramas, comenzando la loca travesía río abajo llevado por la correntada.

Sin poder distinguir la orilla, solo piensa en patalear de manera constante lo más rápido posible, rogando en voz alta que sus piernas no se acalambren. A su alrededor otros troncos y piedras entorpecen aún más el accidentado viaje. Sus piernas y brazos golpean contra todo lo que el agua arrastra con furia.

A la deriva, con mucha fortuna, queda medio enredado en la maleza de un recoveco. Sin dudarlo y como puede, sube la cresta y empieza a caminar por la orilla barrosa.

La mochila ya no cuelga de su espalda y su ropa son ahora harapos mojados. Presiente que no esta solo, que nunca lo estuvo. Vuelve a recordar aquel chasquido de hojas secas y se detiene. Mira  hacia atrás y lo que ve lo aterra. Los ojos verdes, como esmeraldas, de un enorme tigre,  están mirándolo fijamente. Ahora entiende que la carrera por su vida recién comienza, y que trepando a cualquiera de los árboles tendría alguna oportunidad. Con sus uñas ensangrentadas y la mirada del feroz felino clavada en su espalda, logra encaramarse al primero que encuentra. Lorenzo se rinde  extenuado por tanto esfuerzo. El tigre, sorpresivamente, hace lo mismo durmiéndose a los pies del árbol.

Pero un malestar sigue incomodándole, algo no está bien. Una mano le sacude el hombro. Una voz le susurra al oído.

 _ ¡Lorenzo, Lorenzo…  el doctor te espera…! Al abrir los ojos y levantar la mirada, los ojos verdes, verdísimos de Berta como esmeraldas, están mirándolo fijamente. 

Susana Scorpiniti

 (25/09/2010)

22 ago 2011

Ocurrió un domingo y olía a jazmines

 Conseguir empleo en el mejor periódico de la ciudad, es un sueño que a no todo periodista se le hace realidad. No es este el caso de Angélica Darragueira, quien está siendo entrevistada para su primer trabajo importante por el diario “La Legión”, número uno de esta moderna metrópolis. Con un currículum interesante y buena presencia, esa misma semana es aceptada.
Angélica comparte con una amiga un modesto departamento en el lado oeste de la ciudad, sabe que debe ahorrar para poder independizarse.
Tiene 32 años, es pelirroja con rulos al viento, delgada y coqueta.
A los dos años fue adoptada por un matrimonio de clase media, Marta y Manuel Darragueira.
Fue educada con cierta libertad y enseñada a vivir con la dignidad necesaria para dejar huella en todos los que la conocen. Cuentan sus amigos que la profesión que eligió es la que mejor le queda.
Vivió su niñez y adolescencia en un pequeño pueblo, insignificante en el mapa pero incomparable por la grandeza de sus vecinos. De hecho su adopción se llevó a cabo por intermedio de un convento antiquísimo del lugar, donde las monjas la habrían recibido con días de nacida.
El Sr. Darragueira era en aquel momento el encargado de dar mantenimiento a las instalaciones y cuidar del jardín. Una de esas mañanas fue llamado muy temprano para realizar tareas de emergencia. Pero al asomarse al patio, vió a la Madre Superiora y a una bebé aprendiendo a caminar en medio de los jazmines recién plantados. Sin imaginarse que esos jazmines adornarían con color y perfume los primeros pasos de Angélica, la pequeña que con rulos despeinados y ojos de asombro, lograría en corto tiempo conquistar los corazones solitarios de los Darragueira.
El tiempo transcurrió rápidamente. Después de sus primeros tres grandes coberturas, obtiene un dinero extra. Renta su primer departamento y de a poco lo va amueblando. Angélica conoce bien el placer de vivir en una casa donde el olor a flores frescas sobresale de los otros aromas, por eso, nunca faltan los jazmines en el pequeño jarrón de cristal, regalo de su madre.
El 21 de setiembre de ese mismo año. Primavera y domingo, al levantarse y mirar el día por la ventana de su cuarto, le llamó la atención ver a dos muchachas en la vereda de enfrente trabajando en la inauguración de una pequeña florería. Decidió vestirse rápidamente y ser la primera cliente.
Al entrar al local sobre el pequeño mostrador, observa una copa con jazmines y de espaldas una de las muchachas dando los últimos toques a la estantería. Al darse vuelta nota que se sorprende de una manera poco usual, muy extraño para Angélica que inmediatamente le pregunta si la conoce de algún lado. La joven le responde, que el parecido con su compañera era increíble, le pide que no se vaya hasta que ella regrese y comprobar ella misma el parecido.
Llega Mariné y sus ojos se tropiezan con los de Angélica, quedando ambas presas de una situación de asombro tan particular que no volverán a repetir en sus vidas.
Como buena periodista, Angélica trata de usar su experiencia pero muerta de curiosidad arremete con su lado espontáneo invitando a Mariné a tomar un café en el bar de al lado.
Así comienzan a fluir detalles y episodios de dos pasados que simplemente ruedan sobre el mantel de cuadritos rojos y blancos que cubre la mesa del viejo café pegada a la ventana. El sol brilla, iluminando los rostros idénticos con la calidez necesaria para ese momento.
_Bien, Mariné déjame decirte que nuestras caras y contextura física no son algo similares. Son exactamente iguales y debemos investigarlo! _comienza diciendo Angélica, y continúa relatando su adopción desde el Convento de las monjitas de su pueblo natal, tal cual como se lo contaron sus padres.
Mariné comienza su relato y ante la sorpresa de Angélica, cuenta que ella también es adoptada aunque el camino recorrido fue muy diferente.
Su vida fue acompañada por dolor y soledad. Cuenta que sus padres de nombres Martina y Marcos Gorostiaga, murieron en un accidente de avión, cuando ella tenía seis años. Fue criada por su abuela materna quien había venido de España luego del accidente para hacerse cargo de su nieta.
Ella le contó una tarde que Martina y Marcos no eran sus padres biológicos, pero también le dijo que no sabía como y donde había sido realizada la adopción las dos vivieron en la gran ciudad hasta el día que su abuela murió cuando Mariné cumplía veinte años.
Angélica sugiere volver al convento de su pueblo, intuye que allí está la respuesta. Ambas vuelven a la florería y después de contarle a Marcela lo charlado en el café, parten para Brandsen en la camioneta de Mariné en busca del comienzo de una historia.
Por ser domingo la ruta casi vacía acompaña la ansiedad de las dos muchachas, que a cada rato se miran comparándose hasta las pecas que tienen en las manos, las orejas pequeñas, el pelo rizado del mismo color rubio rojizo.
Después de dos horas y con Arjona sonando todo el viaje, llegan al pueblo y aunque los padres de Angélica viven allí, van directo al convento. Tocan y una joven les abre la puerta. Preguntan por Sor Emilia, la Madre Superiora de esa época, son entonces invitadas a pasar.
En el hall de entrada, sobre una mesa, hay un vasija de barro saturada de jazmines recién cortados, algo bastante familiar para ellas; se enteran que por sus años, la monja ya está retirada y descansa en su habitación la mayor parte del día. Igualmente alguien le avisa sobre la visita de las jóvenes.
Al cabo de un rato Angélica y Mariné logran subir al cuarto de la anciana quien al verlas juntas se acerca tambaleando, les toma las manos y con vos pausada les dice,_ Sabía que El Señor me haría este regalo antes de partir, la pena fue muy grande, cuando fueron separadas_,
Las muchachas se enteran entonces de cómo ocurrieron los hechos. La monja les cuenta que un juez se equivocó al interpretar la ley y que a pesar de sus ruegos, la orden de un juzgado no le dejó alternativa. María Inés fue entregada una semana después de nacida. Angélica en cambio, se quedó con ella hasta que los Darragueira la adoptaron. También les cuenta que la madre, se llamaba Carmela y que había muerto al dar a luz y que por Ordenanza Municipal, las gemelas fueron puestas al cuidado de las monjas del pueblo.
Antes de partir, Angélica enseña a Mariné el jardín que su padre todavía cuida y donde la vio por primera vez. Curiosamente también ocurrió un domingo y olía a jazmines.

Susana Scorpiniti

10 jun 2011

APENAS CONOCIDOS

A lo lejos veo pinos sacudidos por el viento.

Acaba de caer un aguacero
y el agua se escurre en un embudo.
Todo se concentra allí,
envases, colillas,
bolsitas de plástico.

Ese remolino, nos recuerda cosas,
residuos de una fiesta,
porquerías que alguien desechó.

Hubiésemos preferido el anonimato
a la hora de las noticias pésimas,
nos acostumbramos rápido a la mugre.

Yo también habré caido junto con ellos
cuando nadie me vio,
desde un balcón cualquiera,
hasta la calle, que es de nadie.

Junto a las heces y los desperdicios
incomodamos, olemos pésimo.

Metidos los pies en las alcantarillas,
resultamos perros que ganaron su cojera,
ladramos historias fantásticas
a la hora de la rabia.

Nunca dará la luz del sol
en esos sitios para prostitutas,
percudimos nuestra sombra,
ratas de un barco que se nos vino a pique
hace ya tiempo.

No solo aquellas damas
abrieron sus piernas por dos pesos.

El milagro ha consistido
en distinguirnos pares entre la maraña,
oler juntos la mierda,
llorar incluso, si nos hiciera falta.
Amontonados, gente solitaria,
tímida, muy pocas veces
se nos escapa una carcajada.

Igual, el agua tiende a nivelarlo todo.

levacosanovich@hotmail.com




17 may 2010

¡QUÉ COSAS NOS DÁ LA VIDA!

Recorriendo por este tan complicado camino que nos da la existencia, a veces se nos presenta como un precipicio sin poder seguir, pero al mirar hacia el costado están junto a nosotros esos seres que nos dan amor y felicidad y que nos hacen crecer junto a ellos...y entonces encontramos ese sendero que se presenta como un paraíso acicalado con bellas flores y tiernas palabras que nos hacen sentir vivos, y amados.
Elegir el camino adecuado es difícil pero no imposible., eso nos da la experiencia, a veces lloramos de emoción y otras de tristeza, pero observando hacia adelante están nuestros seres queridos nuestros hijos, nuestros amigos... los de siempre los que nos acompañaron en nuestra juventud y cuando apenas estamos envejeciendo, o aquellos que quedaron en el camino pero nunca se olvidaron, que por esas circunstancias que ignoramos… se van, pero vuelven para otra vez darnos alegrías.
Y ahí un día apareciste vos, trayendo al hoy esos días felices, que nos dio la juventud y que ahora aparecen mágicamente.
Te vi y palpité tu presencia eras vos, para acompañarme en ese camino que nos falta transitar, compartiendo sonrisas emociones y viendo como aunque ausentes en ese lapso inexplicable, aparecieron nuestros hijos nuestros nietos para conocerlos y compartir lo soles de nuestra vida….
¡QUE COSA NOS DA LA VIDA…NO?
Siempre estuviste en algún rincón, invisible, y ahora amiga te tengo como hace tiempo y me haces sonreír mirar hacia adelante donde están mis amados hijos y nietos, y mis queridos amigos que me acompañaran hasta la última etapa.



A VECES….
A veces quiero decirte en silencio, te amo…porque el silencio guarda las palabras que el corazón siente…
A veces te quiero como ese amante oculto, que invisible roza mi cuerpo y me sacude como ave en vuelo, y se desvanece con tu mirar cuando me observas o cuando a solas escucho el resonar de tu voz que me estremece.
A veces te espero en mi cuarto y me miro en el espejo como adolecente y te percibo aparecer, entonces me siento más bella, y más lozana y te espero en mi morada como en aquellos tiempos, soñando con volver a tenerte nuevamente mío…
A veces te siento resbalar por mi cuerpo, cuando te imagino en esas noches de insomnio, al escuchar melodías que me recuerdan tu sosiego, descubro apenas tu palpitar a los lejos por mi ventanal abierto, y se enciende el calor de tus manos por mi ardiente piel y te siento vehemente, fogoso, apasionado, como inevitable amante que a escondidas me seduce y me enloquece con el perfume de su piel, y me creo entonces amada y seducida.
A veces te imagino volar de mi mano con los vientos del pasado y desaparece el encanto, cuando la realidad me abruma, es entonces que yo seré tu evocación, y tu serás para mi solo aquel recuerdo, que el tiempo dejó… solo la huella de ser aquel, mi amor eterno, aunque invisible a las miradas ajenas, y yo seré tal vez tu gran evocación escondida…
A veces te pienso como pasión de juventud…a veces te quiero como un gran amigo…pero a veces solo a veces te siento como la apasionada ilusión de la madurez de estos días…no se porque te amo ni se como te quiero…

Mónica Martínez

18 feb 2010

MÁS TEXTOS DE SUSANA SCORPINITI

LA SIESTA
Verano caliente, agua tibia en el mar calmo de la ribera caribeña, golpeando despacito en las paredes de los acantilados que el reflejo del sol teñía de un color naranja intenso contrastando con el verde esmeralda del mar, característico en esa zona en esta época del año. Solo se divisaba a lo lejos un bote blanco, no muy grande, con su nombre en letras doradas “Brisa del Pacífico”, único tripulante y propietario, pasaba sus vacaciones pescando, alejado del bullicio de la ciudad de México donde residía y trabajaba.
A pesar de la brisa fresca el sol calienta sin piedad la cubierta de la embarcación a las 2 de la tarde, obligando a Álvaro a apoyar la caña de pescar y lanzarse al agua de cabeza escapando del calor.
Los arrecifes están cerca, las plantas que se yerguen desde el fondo y las extrañas criaturas que allí viven, siempre le llamaron la atención, es por eso que nunca olvida su cámara acuática, excepto esta vez.
Era buen nadador y siempre se jacta lo mucho que aguanta bajo el agua fotografiando las bellezas de las profundidades pero ese día Álvaro perdió la noción del tiempo, nadando tranquilamente escudriñándolo todo, sin preocuparse por nada y sin notar como a su paso los colores del arrecife iban perdiendo su brillo y oscureciéndose poco a poco.
Al darse cuenta del fenómeno se detuvo y miró a su alrededor y al controlar su reloj entró en pánico al notar que habían pasado seis horas desde la zambullida y aún seguía como si nada en el lecho del mar.
Confundido y desesperado advirtió que no estaba solo, que entre las algas y los corales alguien lo observaba, el agua olía a violetas y su respiración se tornó pausada y tranquila, volteó su cabeza de golpe y la vio; era Carmen, como flor incandescente surgió de repente y en silencio le sonrió, era ella, era la misma, la de tantas historias del mar, Carmen “La Virgen de los Acantilados”, “La Diosa del Arrecife”, estaba tan cerca de él que deseaba tocarla, se fue moviendo lentamente hacia ella y estiró su brazo, ya casi llegaba, no podía apartar sus ojos de los de ella eran de fuego y su luz encandilaba hasta el dolor sus pupilas, ya no lo soportaba. Sudoroso y sediento despertó sobresaltado después de dos horas de siesta en medio de la cubierta del bote con su cuerpo y su rostro afiebrados por el abrazante calor, en el mismo lugar desde donde según su gran imaginación había partido hacia las profundidades del mar, elegido entre cientos de navegantes para encontrarse con Carmen y adueñarse del fuego de sus ojos.

Susana Scorpiniti
(28/01/2010)


DON MARTIN

Alto y elegante, peinado hacia atrás con anteojos de marcos oscuros, traje gris topo, camisa blanca, corbata y pañuelo en el bolsillo del saco, sombrero al tono y los zapatos más negros y brillantes de todo Almagro, se ve Don Martín agregando a la indumentaria el diario La Prensa debajo del brazo izquierdo.
Era domingo nueve de la mañana y primavera, luego del desayuno Don Martín y Chacha su nieta de 6 años, salen de la casa de Treinta y tres Orientales a dar su habitual paseo por Parque Chacabuco.
_¡Taco, Suela y Punta!_dice Don Martín a su nieta mientras doblaban barranca abajo por la calle de la esquina, Salcedo se llama, hasta llegar a Boedo. Todas las baldosas están flojas y de tanto en tanto ni existen, esto siempre preocupa a Don Martín, cuidando que el barro que brota del costado de esas mismas baldosas no salpique de barro los soquetes blancos de su nieta.
Deben caminar 6 cuadras largas hasta el andén por donde pasa el tranvía que termina su recorrido justo frente al parque. Al subir al vehículo el abuelo saludó respetuosamente al motor Mann como si lo conociera de antes y luego de mostrarle un carnet que siempre carga en el bolsillo, escogieron el segundo asiento que esta vacío y era el que a Don Martín le gustaba.
El tranvía va bastante despacio pero mucho no importa ya que las charlas de abuelo y nieta eran mucho más que instructivas y Don Martín disfruta más del paseo igual o más que Chachita. El ha sido Inspector de transporte y al jubilarse la nostalgia, más de una vez le ha jugado una mala pasada.
Las conversaciones generalmente son en voz muy alta. Por el ruido inconfundible de las ruedas de acero rechinando contra las vías y las ventanillas levantadas, era imposible mantener las charlas en tono normal pero eso tampoco importa para esta pareja despareja. El abuelo de casi dos metros se ve como gigante al lado de la pequeña y así ríen y hablan de todo sin parar hasta llegar a destino.
Luego de un viaje de veinte minutos que la ansiedad hace eternos, a lo lejos divisan los distintos tonos de verde de la frondosa arboleda del parque, cubierto también en esta época del año por flores de todas clases en enormes canteros._ ¡En la próxima parada bajamos!_avisa el abuelo. Los dos parecen emocionados, Don Martín toma de la mano a su nieta que a los saltos corretea por el césped fresco y recién cortado. De esta manera comienzan la caminata, como primera parada aparece el señor que vende maníes y un cucurucho compartido es suficiente para sentarse en unos de los bancos y disfrutarlo antes de continuar.
Chacha tironea la mano del abuelo llevándolo hacia el gran león de bronce que reluciente y callado parece esperar a la niña cada domingo y dejarse montar por ella, transportándola de manera segura por los caminos secretos que solo ellos dos conocen.
Mas adelante aparece el lago y sigue la aventura, cuando el abuelo Martín arma los barquitos de papel con las páginas gruesas del diario que ya no le interesan para que ella los deslice en el agua como él le ha enseñado y observar como el viento los aleja sin retorno de la orilla.
La partida de los pequeños buques anuncian a Chacha que se acerca la hora de volver a casa ya es casi el mediodía y el resto de la familia los espera para el almuerzo.
Ambos se encaminan hacia el andén donde se estacionan los tranvías y así tomar el que los lleva de regreso. Con la misma alegría que salieron de la casa en la mañana, vuelven. El día no ha terminado y a ambos le quedaban muchas cosas por hacer todavía como regar el jardín, cortar flores frescas para cambiar las ya marchitas del jarrón negro y dorado que adorna el centro de la mesa del comedor, entre otras cosas y el resto de la tarde pasar tiempo en el cuartito observando las artesanías que el abuelo diseña o verlo cambiar la media suela de sus zapatos y la lista sería interminable.
Don Martín sabe tomar de la vida toda su sabiduría, sin desperdiciar ni una sola gota en el largo camino que le tocó transitar, sabiduría que siempre estaba lista para compartirla con todo aquel que se muestre listo para escuchar.
._ ¡Taco, suela y punta!

Tributo a Martín Portas, mi abuelo (6/11/1988 3/01/1971)
(23/01/2010)

MIREYA CORTEZ
Mireya despertaba temprano cada mañana y mientras desayunaba frente a una taza de café y un par de periódicos que el correo le traía 2 veces a la semana, disfrutaba del aire fresco del jardín. A sus años y desde su humildad, se sentía embriagada por la fama, sin poder impedir que los amantes del Arte en poco tiempo quedaran atrapados por las obras de la artista. Su trabajo era impecable y su vida misteriosa. Nunca dejó ver su rostro, solo se sabía de ella a través de los escritos que acompañaba a cada uno de sus telas publicados por la Galería de Arte donde se exponían.
Había enviudado muy joven. Sola y sin familia para compartir su dolor, decidió volver a la pequeña casa de campo al pie de Los Alpes, donde había pasado la niñez y adolescencia, montando y cuidando de los caballos que su padre criaba.
Cuando el otoño llegó a su vida, la encontró radiante con su piel dorada por el sol y paz en la mirada. Tenía buen entrenamiento, corría varios kilómetros diarios observándolo todo para después pasar el resto del día imaginando y soñando en su atelier, creando grandes extensiones de praderas, desiertos, mares y montañas. Se llamaba a ella misma “viajera sin boleto” y así firmaba sus obras, que por cierto eran de grandes dimensiones como invitación para internarse en todos y cada uno de los lugares que construía como así también ver el nacimiento de un amanecer y su caída con un solo golpe de vista.
Vivía sola y una vez a la semana venían los proveedores a dejar lo necesario. Se podría pensar que la suya era una vida monótona pero para una mujer como ella, terca en todo lo que se proponía, estaba satisfecha con su elección de recorrer sin maletas ese mundo de ensueño que creaba sin parar.
Su imaginación era envidiable, capaz de sentir el viento soplando desde el océano en su rostro, el agua de los arroyos refrescando sus pies y hasta gotas pequeñas de lluvia, humedeciendo su pelo negro en una tarde de invierno.
Ninguna de sus obras tenía título, ni falta que hacía. Una Galería de Arte las exponía en un bohemio barrio del norte de Barcelona famoso en Europa por la cantidad de aficionados que se reunían todos los veranos para visitar las Galerías y poder conocer personalmente a los maestros de la pintura, quienes también se acercaban para compartir con sus admiradores.
Mireya Cortez era conocida en estas reuniones como la “dama sin Rostro”. Sus trabajos eran exhibidos en un recinto aparte y la inauguración esperada ansiosamente por seguidores y coleccionistas quienes llegaban de todas partes a presenciar el esperado acontecimiento para, al abrirse las puertas, tener el privilegio de poder ver el mundo como ella lo veía, desde el amor y la belleza que Dios le había regalado y que ella decidió compartir con todos aquellos a los que la fascinación por el Arte los llevara a sentir el éxtasis y el placer que da el silencio.
 (31/01/09)

TEXTOS DE SUSANA SCORPINITI

EL MAR, un viejo amigo


El ruido inconfundible de su ir y venir como niño inquieto, la brisa cálida, la furia de un huracán, los fuertes vientos de inviernos provocando olas gigantescas increíbles a los ojos, acompañan al mar en todo su esplendor para recordarle a todo aquel que al ser besado por él será atrapado en un hechizo insaciable de placer, y justamente eso es lo que se recuerda y se extraña del mar cuando uno se aleja. Con su perfume penetrante en las noches oscuras sin estrellas, golpeteando sus olas en las rocas y haciendo escuchar su lamento es lo que usa para seducirnos. Junto a él nacen toda clase de inspiraciones para contar y enriquecer historias de amor en largas poesías.
Como un enorme refugio que ayuda a soñar hasta las mismas sirenas, su canto queda incrustado en algunos corazones que al escuchar su ronroneo, olvidan su soledad para disfrutar del romántico momento en que aquel enorme manto azul se convierte en un fiel y viejo amigo en quien confiar y con quien compartir secretos.
¿Qué es la vida sin un amigo con quien compartir?. Santiago, muchacho de ciudad, sabía mucho de estas cosas, solitario y aventurero, más de una vez lloraba en silencio la falta de ese alguien. Cansado de fracasar en todos sus intentos emprendió su primer viaje hacia lo desconocido. Llegando a las costas de Santa Bárbara fue donde lo descubrió, la aventura valió la pena, el intenso azul, el perfume, la brisa y aquel canto inconfundible cautivó su alma. Después de rentar un cuarto de hotel frente a la playa, acercó su cama junto a la ventana, pero no obstante eso, días y noches lo sorprendieron en la playa muchas veces, a la luz de luna o simplemente descansando una siesta sobre la arena tibia, con la espuma blanca toqueteando sus pies, y el agua refrescando su cuerpo caliente.
Sentía desde lo profundo que Dios estaba ahí, ahí nomás, aunque el solo lo pudiera ver, entendió que era su premio por amar tanto la vida, y que la búsqueda constante por la necesidad de no estar solo lo había llevado a encontrarse con la compañía de ese amigo del cual nunca se separó. Muchos Santiagos sin amigos en el mundo esperan ansiosos su oportunidad, el nuestro encontró la suya en el intenso azul del Mar.


3 ene 2010

CIEN VECES, MARISA

“El espejo en el centro sobre el centro del laberinto de la vida.”


Marisa estaba sentada frente a la mesa donde el cuaderno y la lapicera aguardaban el incomparable momento de la inspiración.
Le costaba encontrarla para cumplir la consigna dada por la coordinadora del taller literario: “Cien veces Marisa”.
Conspiraba contra el deseo de escribir las siempre presentes afirmaciones de Dolina sobre el dolor intenso que causa el poner lo que uno es y siente; el tormento de la soledad que implica el acto de escribir.
Pensaba que proclamarse cien veces lo que uno es, significaría estar loco.
Hacía frío; decidió irse a dormir; ya en la cama se tapó la cabeza y al poco entró en la alquimia del sueño donde se reconstruye lo primordial y se rompen los lazos con lo racional entrando en un espacio sin tiempo lineal.
Marisa ya vestida, dispuesta a caminar por un parque de diversiones revestido de luces, colores y música; disfrutando el encanto del paisaje que la envolvía caminó hasta el tren fantasma que lucía un raro nombre: “Tren del Juicio”. Marisa subió a un vagón solitario y éste entró en el túnel; una voz explicó la rutina del juego: “Contemplarás espejos y en cada uno verás situaciones y tiempos de tu vida; si llegan a cien y ha valido la pena vivirlas, serás premiada”.
1º espejo: Marisa en su infancia, cuando sorteó por dos veces la muerte anunciada; su sufrimiento como hija, la soledad como mandato, el colegio primario, su imaginación como refugio.
2º espejo: Marisa adolescente, opositora a la cultura de la época (situación en la que aún permanece), excelente nadadora y pasable esgrimista; buena alumna del secundario, los primeros bailes y fracasos de amor. La tristeza en lo profundo de su ser.
3º espejo: Marisa en la facultad, un solo examen y muchas corridas (estaba el peronismo y como siempre la izquierda en otra dimensión). La protegió un falso estudiante al que acompañaba la muerte como destino.
4º espejo: Marisa en busca de aventuras; las islas del Delta, un hombre, paseos nocturnos en bote por las aguas entonces no contaminadas, la noche, la luna plateando el río, resaltando la vegetación de las islas tranquilas; el nadar juntos, la playa, una relación intensa sin palabras, un recuerdo imborrable.
5º espejo: Marisa y su vida en la villa miseria de Rosario. Sus experiencias tan queridas, un policía y un beso de amor siempre recordado, manos que la ayudaron, una etapa aventurera pero valiosa, sincera, sin máscaras. La aventura terminó y Marisa regresó a su hogar.
6º espejo: Marisa y el psicoanálisis, un principio por siempre principio. Su carrera de asistente social y un encuentro con una religiosa, el ser humano más auténtico como cristiano que conoció hasta este tiempo.
7º espejo: Marisa como asistente social; la oportunidad de lograr status; la ética con que nació no se lo permitió. Su casamiento con un revolucionario de los setenta terminó con su profesión.
8º espejo: Marisa se casó; el revolucionario (supuestamente lo era en el campo político) como persona la hirió, hundiendo una zona de su espíritu para siempre. La separación. Un hijo floreció, nadie, ni él mismo, puede desterrarse de su amor.
9º espejo: Más allá de la lógica, sus encuentros con los militares fueron instantes de una comunicación increíble. Su tarea como psicomotricista en una institución de padres con niños que sólo tenían el sentimiento, se transformó en una construcción de fe y amor que dio significado a su vida.
10º espejo: La comprensión que el camino junto a todos hace del sufrimiento un río de aguas límpidas donde el alma se refugia y se recubre de esperanza.
Marisa esperaba los otros noventa espejos; un cartel alertó su atención: “ya es suficiente; baja”.
Con cierto temor ella bajó y empezó a caminar por el laberinto de túneles; se encontró con un amplio salón, el centro del laberinto, profusamente iluminado, con paredes revestidas por paneles pintados con flores de intenso color. Allí la esperaba un ángel.
-“Fuiste aprobada, no hay más espejos. El Padre te premia por tu tenacidad de luchar con la muerte, con la nada y, porqué no, con la locura. Siempre diste algo de amor. El premio búscalo en ti”.
Marisa se despertó; el sol golpeaba en su ventana; se vistió mientras pensaba en el premio. Se miró en el espejo; comprendió que el pasado se diluye en un propio perdón y supo que ya no habría más laberintos ni espejos con memoria.

Maria Luisa Rovelli

17 dic 2009

EL ALTILLO

Mabel tenía 4 hijos. Dos ya no vivían con ella, y los otros dos estaban tirados en el sillón del living fumando: eran Camila y Federico. De pronto sonó el timbre. Era la vecina de al lado que siempre venía a molestar por algo. Mabel, que estaba con los quehaceres de la casa, tuvo que ir abrir la puerta. Al pasar le dijo a sus hijos:
-¡Pero ustedes ahí tirados y no se preocupan por nada!
- Doña María, ¿que ocurre ahora?
- Es que vi entrar a su altillo una inmensa rata, no sea cosa que después tenga ratoncitos y se vengan a mi casa.
Mabel sin decir agua va, escoba en mano comenzó a subir los escalones, no sin antes gritarles a sus hijos, vagabundos indolentes, no me ayudan en nada. Llegó hasta la puerta y con el pánico que le producía el solo pensar que haría si esa rata apareciera, comenzó a golpear el sucio lugar hasta que observó un bulto, una y otra vez pegaba y decía: -te encontré rata inmunda. Al verlo sólo resultó un par de medias: las olió y frunció la nariz. La poca luz que reinaba en el lugar no le permitía ver con claridad. Pisó algo que crujía. Alumbró con la linterna pensando que la había pisado, pero era un corpiño; lo levantó y exclamó: - ¡este es el corpiño de mi hija; ya vamos a arreglar el porqué se encuentra aquí! De repente se escuchó un ruido dentro de una caja. Mabel, astuta, antes de que escape comenzó a dar golpes, uno tras otro hasta que no se escuchó ruido alguno. Despacito abrió la caja y vio su cola, que aún sacudía de un lado a otro. Hizo coraje y la tomó por la cola hasta sacarla. Cuando la vio tuvo ganas de vomitar, pero el pobre animal le dio pena: sangraba por la boca y una baba maloliente corría por entre sus dientes. A Mabel la conmovió el bicho y comenzó a hacerle respiración boca a boca y a apretar su pecho 1,2,3. Mabel tenía la cara empapada en sangre y baba del animal que a juzgar por su tamaño podría tranquilamente comerse a un gato. Limpió la sangre de sus comisuras con la manga y volvíó a hacerle respiración boca a boca una y otra vez. A veces se le resbalaba de las manos, pues tenía su cuerpo empapado. Los ojos se le salieron afuera debido a los masajes, y ella se los metió nuevamente adentro con sus dedos, tratando de que la sangre no le impidiera que quedaran en su lugar, pero la rata no volvía en sí. Los golpes le habían sacado afuera los sesos, no había más nada por hacer.
Mabel bajó asustada, gritándoles a sus hijos:

- Maté a la rata y después me arrepentí.

MÓNICA MARTINEZ
25/09/09

13 dic 2009

AVE FENIX

No le había quedado nada. Al auto se lo robaron y con lo que pagó el seguro no alcanzó a reponerlo; el resultado de la venta del departamento lo perdió en una estafa que le hicieron sus socios, por lo que se quedo también sin trabajo. Sin dinero, sus amigos se esfumaron: ya no podía compartir esas salidas caras a las que estaban acostumbrados. Su familia se evaporó. Algunos migraron y otros se hicieron invisibles.
Susana, acostada mirando el techo del cuarto de ese departamento que no era suyo, lloraba mientras recorría mentalmente estas instancias y se preguntaba ¿Qué me duele más? Sin duda la pérdida de los que quería y creía sinceros. El pensamiento la torturaba. ¿Quién soy? Sin afectos, sin trabajo ni bienes materiales ¿que queda? ¿Con que me identifico? Estaba muy deprimida y la idea del suicidio la rondaba.
Pasaron varios días. Poco a poco fue reaccionando acuciada por la realidad. Necesitaba dinero para lo más imprescindible. Empezó a vender lo que quedaba. El equipo de revelación fotográfico fue lo primero; eso no la afectaba, solo era cambiar algo que ya no usaba por dinero para pagar cuentas.
Mario, un conocido, le propuso darle mercadería en consignación. Ropa fina de mujer y bijouterie artesanal, ésa que antes ella le compraba. Susana, que siempre estuvo detrás de un escritorio, salio a la calle con un bolso repleto de esperanzas, a recorrer negocios, a contactarse con personas que nunca había tratado, en un ambiente que no conocía, ni era conocida.
Se armo un pequeño discurso de presentación: - Hola, buen día, mi nombre es Susana, mucho gusto, quería ofrecerle… Y a ensayar sonrisas.
Así, día tras día, en colectivos, subtes y trenes recorrió barrios y localidades que ni sabía que existían. A los pocos meses ya se mantenía, aunque un poco apretada, pero lo lograba. Conoció todo tipo de personas, algunas muy amables, otras no tanto. Entre ellas a José, un hombre por quien se sentía valorada.
Mientras se lavaba la cara se miró en el espejo. La imagen reflejada se parecía físicamente a aquella otra, pero si llegaba a la profundidad de la mirada, encontraba un brillo distinto que no era por lágrimas. Era otra Susana.
Sonrió, se tiro un beso, largo una carcajada y se dijo a si misma: - ¡Sos una loca linda! Llamó a José. Acordaron salir con unos amigos que le resultaban muy simpáticos.
Se sentía feliz. Había renacido de las cenizas.


ROSA KATZ
11 de diciembre 2009

7 dic 2009

TEXTOS DE ROSANA SAPIA



ELVIEJO VIOLIN

Y allí estás, solo, olvidado en un rincón. Cubierto de telarañas. No te queda ni el estuche negro forrado de pana bordó. Pensar que años atrás eras el rey de las reuniones. Tu música sonaba como el canto de los ángeles. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué estás allí, silencioso, comido por las polillas que no respetaron tu trayectoria? Tampoco "ellos" valoraron tu excelencia: tu curvatura perfecta, tu madera lustrada que con manos de un luthier fue moldeada paso a paso. ¡Cuántos recuerdos quedaron atrás! Son otras épocas, dijeron, y el espacio que era tuyo fue cedido al nuevo violín eléctrico, azul metalizado, aunque no tiene tu porte ni tu distinción.
Muchos años pasaron. Andamos rondando los ochenta. Pero no te preocupes viejo amigo, compañero de serenatas, yo te voy a rescatar y volverás a brillar como antes. Juntos le vamos a demostrar que viejos, son los trapos.


EL CUIDADOR

Cuando amanece, instalado en el centro de la plaza cercana a la estación, comprueba que aún no hay nadie y se dedica a disfrutar la maravillosa naturaleza. Palos borrachos en flor, lapachos, jacarandaes y un camino de álamos enfrentados entre sí que se abren a su paso. Siempre descubre algo nuevo. Los teros, fieles centinelas, avisan con sus gritos la llegada de intrusos que amenazan a sus crías. Los pájaros carpinteros asoman sus cabecitas desde el hueco de un árbol y los colibríes, flotando entre las flores, vuelan de un lugar a otro con tanta velocidad que apenas puede distinguir sus colores. A veces, hasta un gorrión atrevido se posa en sus hombros.
Ese espacio le pertenece, lo siente. Allí no existen problemas ni mal humor. Es su pequeño rincón, su lugar de confesión, su conexión con la madre tierra. Nadie lo maltrata. Luego de absorber esa energía sigue su rutina hasta que la noche va cubriendo el lugar, pero él seguirá allí, porque un buen espantapájaros no hace abandono de trabajo.

ROSANA SAPIA

5 sept 2009

HIJO E TIGRE

El mismo día en que puso un pié afuera de la prisión se dio cuenta que los años tras las rejas no habían transcurrido en balde.
Se sentó en el primer banco que encontró y se halló viejo y cansado. Aún era bastante joven para aquéllas sensaciones pensó, pero tuvo que admitir que algo en su interior se le había percudido.
Siempre había sido un hombre firme en sus convicciones; tal vez no habría podido sobrevivir a la vida en el monte si no hubiera sido así, huérfano de madre desde los once años ni siquiera había llegado a conocer a su padre cuando ya era un hachero hecho y derecho, recolector de algodón por arriba de los cien kilos diarios; además, mariscador de pumas, guazunchos y otros bichos silvestres.
Eso lo había convertido en un hombre resistente, de decisiones irrevocables, y mano rápida para todos los menesteres.
Pero Anselmo Iriarte también era un hombre triste, melancólico a la hora de recalar en la certeza de su destino de fronteras demasiado definidas para su gusto.
Tal vez por esa razón, los sábados por la tarde al caer el sol, montaba su caballo y se dirigía al paso al almacén de don Luque para emborracharse.
Allí, todo el resentimiento de una vida de privaciones y trabajo bajo el sol durante tantos años de miseria, se derramaba en forma de canción, en forma de partidas de truco a grito pelado tras el alcohol barato, como quien tiene guardadas en su interior, fuerzas desconocidas que afloran.
A la hora de la borrachera, la rebeldía escondida durante la semana, se derramaba a través del rasguido de las notas de una guitarra que descolgaban solo para esa ocasión.
En ese estado, decía muchas de sus verdades debajo de un Catalpo en el patio de un almacén de campo, iluminado apenas por las estrellas y las brasas de los cigarros de otros parroquianos.

Ahora Anselmo echó a caminar rumbo a la estación de trenes que lo llevaría de vuelta al pueblo luego de tantos años de desgracia.
Se cercioró en todos los músculos de su cuerpo, de que su vejez no era solo una sensación, sino una realidad que era suya, e intransferible.
De pronto sintió miedo, miedo de volver después de once años de cárcel a aquél lugar de su desdicha. Al fin y al cabo, “su sitio”, y donde aún vivía (seguramente) la mayoría de todos los que había conocido en su vida.
Ya en el tren polvoriento trató de dormir, pero no pudo. Intuía que las cosas no serían fáciles cuando todos se dieran cuenta que había vuelto a la Montenegrina.
Cayó en la cuenta de que los hijos del búlgaro deberían estar mozos ya, como de veinte años según sus cuentas. Ignoraba cuál sería la reacción de los jóvenes cuando supieran que el asesino de su padre había regresado tan campante, como si nada.
Luego pensó en Ramona, la recordaba como si la hubiera visto el día anterior. Para él, ella todavía tenía el pelo muy negro y las buenas formas le asomaban aún debajo de la ropa a pesar de su embarazo avanzado.
Sonrió cuando recordó que lo había elegido a él a pesar de que varios se disputaron vehementemente sus amores.
-¿Viviría aún en el mismo rancho?-, - ¿Se llamaría Anselmo también, el hijo que nunca conoció?-
Otra vez hizo las cuentas torpemente con los dedos cuarteados de su mano y pensó: -“Once años… la pucha, cómo ha pasado el tiempo”.
Hurgó entre sus certezas aquélla que había asumido desde unos cinco años atrás más o menos. Retornó a la seguridad de que había perdonado a su mujer aquélla infidelidad con el patrón.
Tranquila y reposadamente notó que era absolutamente cierto que aquéllos sentimientos malsanos habían desaparecido. Pensó que hacer justicia por mano propia en algunas circunstancias a menudo era necesario, pero sacudiendo la cabeza se convenció a sí mismo de lo elevado del costo de tales menesteres.
Anselmo nunca se había arrepentido, a lo sumo había sentido tristeza por haber sido empujado a aquello a lo que nunca hubiera querido llegar.
Seguía amando a la Ramona, lo supo aún en los días terribles de la prisión, en las jornadas solitarias de las noches en vela. Mucho más la amó cuando se dispuso a comprenderla, cuando entendió que tal vez ella nunca hubiera podido resistirse al acoso del patrón, cuando intuyó que de alguna manera, ella se había convertido en moneda de cambio de ciertos favores y ventajas que el gringo le prodigaba a él de manera claramente ventajosas respecto de los demás peones. Cuando cayó en la cuenta de que jamás una simple mujer como ella, con tantos encantos a la vista, hubiera podido permanecer incorruptible ante tantas necesidades, de las que él mismo se sentía ahora responsable.
Se durmió profundamente en tales pensamientos de redención. Despertó cuando ya amanecía, bajó del tren sacudiéndose las ropas descoloridas como quien se apea de un caballo; luego de mirar para ambos lados de la estación casi desierta, caminó lentamente hasta el cruce de rutas donde haría “dedo” hacia la Montenegrina.
En una hora ya se encontraba viajando en la caja de un camión que se dirigía a cargar rollizos de quebracho monte adentro y que pasaría cerca de su destino.
A medida que se iban achicando los kilómetros, sentía agrandársele la angustia y aquél sentimiento parecido al temor que lo tenía aprisionado desde el último tiempo.
Bajó en el cruce a escasos dos kilómetros del terraplén, tomó por una picada por adentro de la espesura del monte entre carandaes y guayaibíes jóvenes y agudos cardales que recordaba bien. Se dio cuenta de cuánto había extrañado aquél sitio, todo parecía volver a la normalidad ahora.
Profundamente deseó que así fuera. Prendió un cigarrillo y con una rama a manera de machete siguió abriéndose camino.
Desembocó a escasos cincuenta metros de su antiguo rancho, notó que estaba igual la parra que él mismo plantara para almorzar bajo el fresco de su sombra.
Como hechizado, se hincó detrás de unas matas para no ser advertido por los perros con el fin de observar primero toda la situación.
Hacía muchos meses que venía ensayando unas palabras para este momento que no lograba recordar ahora. Quería reencontrarse con Ramona nada más, y con el hijo de sus entrañas que no llegó a conocer, volver a comenzar de la manera que él sabía, con trabajo y sacrificio, estaba dispuesto a recuperar lo que había perdido una noche de alcohol once años atrás.
Hizo el esfuerzo por enésima vez hurgando adentro suyo si existía algo aún de aquél sentimiento malsano de odio, de revancha y humillación que lo había empujado a matar al búlgaro. Descubrió que nada de aquello existía allí. Hincado en tierra aguardó algún movimiento en el lugar antes de hacer su aparición.

En un solo segundo, toda su existencia precaria volvió a desplomarse como un castillo de naipes.
Anselmo Iriarte deseó de pronto, no haber oído nunca el ruido del último candado en la cárcel otorgándole la libertad, peor aún, deseó regresar al tiempo aquél cuando por lo menos, pudo sacar el facón y como un trámite apenas y hacer justicia con su propia mano.
Solo que ahora no sabía contra quién descargar el golpe. De haber tenido el arma en su mano, seguramente la habría dejado caer a un costado a causa del desasosiego.
Cerró los ojos fuertemente, rindió la otra rodilla a la tierra y cayó de bruces detrás de la mata en un llanto ronco de resignación. A los cuarenta y cuatro años de edad sintió que el mundo se le volvía a caer encima otra vez.

En la huída hacia ninguna parte, la reaparecida indisposición hacia el mundo, el odio, y la humillación renovada, le presentaba ante sus ojos una y otra vez de manera cruel, la imagen repetida que no habría de sacar de sus retinas los años que aún le quedaban por vivir: La Ramona abrazando al hijo casi adolescente que acababa de llegar de la escuela entre un grupo bullicioso de chicos oscuros, rubio; muy rubio. Como el maldito búlgaro.

LEVACOSANOVICH
 BUENOS AIRES.
08-09-07






4 sept 2009

LA PRIMAVERA DE ANTONIO

Noventa y ocho. Me costó llegar hasta acá. Hace algo más de tres años pensé que no lo lograría, respiro hondo, me siento muy cansado.
 Mañana pienso superarme y haré uno más y entonces sí estaré preparado para el día importante: el de las cien caminatas con muletas hasta el fin del mundo.

Recuerdo las palabras del médico amigo: Solamente un milagro puede hacer que camines, y la sugerencia cruda: Te aconsejo que creas en ellos.
¿En qué? Pregunté cándidamente. En los milagros, me respondió serio mientras se iba.
Te aconsejo que creas en ellos, repitió mi madre cuando me abrigaba en la cama, con una mezcla extraña de tristeza y falso entusiasmo.
Desde aquél día, me preparé sicológicamente para creer, me mantuve alerta, despierto, vigilante a cualquier señal de los cielos, busqué convencerme de que el evento era posible. Intuía que algo andaba cerca, pero ignoraba su fuente, cómo diablos ocurren los milagros fue mi pensamiento diario.
A medida que pasaban los días, mi fe seguía siendo tan insignificante como el grano de mostaza de la parábola. Solo que mi fe no alcanzaba para echar los montes a la mar como era la promesa.
Ni siquiera echaba mis piernas a caminar un par de pasos miserables.
Me aferré a las lecturas bíblicas, araba literalmente en ese libro en busca de alguna clave, aunque más no fuera, para hallar un solo milagro.
Cuando por fin leí, “Rogad que el Padre envíe obreros a la mies” se me ocurrió: ¿Por qué orar para que los envíe y no para que los levante?
¿O es que acaso esos obreros ya existían y solo esperaban el mandato de ser enviados?
Tal vez yo no tuviera que esperar un milagro, tal vez ya haya ocurrido y simplemente no me había dado cuenta.
Sonreí con ganas por primera vez en más de seis meses. El día de la sonrisa es el que cuento como el primero, hoy hace noventa y ocho. -Noventa y ocho días- digo algo más acostumbrado.


Recuerdo haberme parado frente al espejo y preguntarle al hombre asustado y macilento de la imagen, distinto a las representaciones que los artistas de todas las culturas hacen de sus dioses, cuántas veces creía él, que debería caminar desde la puerta del patio, hasta la primera flor del jardín, cada día.

-La primavera esta al caer, y en el jardín aún no hay flores.- dijo él, luego agregó
Cien, es la cifra.
Cien veces, Antonio. Para entonces estallará la primavera a pleno.

Luego me pareció escuchar…Y si no lo logras, otras Cien.


LEVA COSANOVICH.
Hosp. Tornú