4 sept 2009

LA PRIMAVERA DE ANTONIO

Noventa y ocho. Me costó llegar hasta acá. Hace algo más de tres años pensé que no lo lograría, respiro hondo, me siento muy cansado.
 Mañana pienso superarme y haré uno más y entonces sí estaré preparado para el día importante: el de las cien caminatas con muletas hasta el fin del mundo.

Recuerdo las palabras del médico amigo: Solamente un milagro puede hacer que camines, y la sugerencia cruda: Te aconsejo que creas en ellos.
¿En qué? Pregunté cándidamente. En los milagros, me respondió serio mientras se iba.
Te aconsejo que creas en ellos, repitió mi madre cuando me abrigaba en la cama, con una mezcla extraña de tristeza y falso entusiasmo.
Desde aquél día, me preparé sicológicamente para creer, me mantuve alerta, despierto, vigilante a cualquier señal de los cielos, busqué convencerme de que el evento era posible. Intuía que algo andaba cerca, pero ignoraba su fuente, cómo diablos ocurren los milagros fue mi pensamiento diario.
A medida que pasaban los días, mi fe seguía siendo tan insignificante como el grano de mostaza de la parábola. Solo que mi fe no alcanzaba para echar los montes a la mar como era la promesa.
Ni siquiera echaba mis piernas a caminar un par de pasos miserables.
Me aferré a las lecturas bíblicas, araba literalmente en ese libro en busca de alguna clave, aunque más no fuera, para hallar un solo milagro.
Cuando por fin leí, “Rogad que el Padre envíe obreros a la mies” se me ocurrió: ¿Por qué orar para que los envíe y no para que los levante?
¿O es que acaso esos obreros ya existían y solo esperaban el mandato de ser enviados?
Tal vez yo no tuviera que esperar un milagro, tal vez ya haya ocurrido y simplemente no me había dado cuenta.
Sonreí con ganas por primera vez en más de seis meses. El día de la sonrisa es el que cuento como el primero, hoy hace noventa y ocho. -Noventa y ocho días- digo algo más acostumbrado.


Recuerdo haberme parado frente al espejo y preguntarle al hombre asustado y macilento de la imagen, distinto a las representaciones que los artistas de todas las culturas hacen de sus dioses, cuántas veces creía él, que debería caminar desde la puerta del patio, hasta la primera flor del jardín, cada día.

-La primavera esta al caer, y en el jardín aún no hay flores.- dijo él, luego agregó
Cien, es la cifra.
Cien veces, Antonio. Para entonces estallará la primavera a pleno.

Luego me pareció escuchar…Y si no lo logras, otras Cien.


LEVA COSANOVICH.
Hosp. Tornú





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