El mismo día en que puso un pié afuera de la prisión se dio cuenta que los años tras las rejas no habían transcurrido en balde.
Se sentó en el primer banco que encontró y se halló viejo y cansado. Aún era bastante joven para aquéllas sensaciones pensó, pero tuvo que admitir que algo en su interior se le había percudido.
Siempre había sido un hombre firme en sus convicciones; tal vez no habría podido sobrevivir a la vida en el monte si no hubiera sido así, huérfano de madre desde los once años ni siquiera había llegado a conocer a su padre cuando ya era un hachero hecho y derecho, recolector de algodón por arriba de los cien kilos diarios; además, mariscador de pumas, guazunchos y otros bichos silvestres.
Eso lo había convertido en un hombre resistente, de decisiones irrevocables, y mano rápida para todos los menesteres.
Pero Anselmo Iriarte también era un hombre triste, melancólico a la hora de recalar en la certeza de su destino de fronteras demasiado definidas para su gusto.
Tal vez por esa razón, los sábados por la tarde al caer el sol, montaba su caballo y se dirigía al paso al almacén de don Luque para emborracharse.
Allí, todo el resentimiento de una vida de privaciones y trabajo bajo el sol durante tantos años de miseria, se derramaba en forma de canción, en forma de partidas de truco a grito pelado tras el alcohol barato, como quien tiene guardadas en su interior, fuerzas desconocidas que afloran.
A la hora de la borrachera, la rebeldía escondida durante la semana, se derramaba a través del rasguido de las notas de una guitarra que descolgaban solo para esa ocasión.
En ese estado, decía muchas de sus verdades debajo de un Catalpo en el patio de un almacén de campo, iluminado apenas por las estrellas y las brasas de los cigarros de otros parroquianos.
Ahora Anselmo echó a caminar rumbo a la estación de trenes que lo llevaría de vuelta al pueblo luego de tantos años de desgracia.
Se cercioró en todos los músculos de su cuerpo, de que su vejez no era solo una sensación, sino una realidad que era suya, e intransferible.
De pronto sintió miedo, miedo de volver después de once años de cárcel a aquél lugar de su desdicha. Al fin y al cabo, “su sitio”, y donde aún vivía (seguramente) la mayoría de todos los que había conocido en su vida.
Ya en el tren polvoriento trató de dormir, pero no pudo. Intuía que las cosas no serían fáciles cuando todos se dieran cuenta que había vuelto a la Montenegrina.
Cayó en la cuenta de que los hijos del búlgaro deberían estar mozos ya, como de veinte años según sus cuentas. Ignoraba cuál sería la reacción de los jóvenes cuando supieran que el asesino de su padre había regresado tan campante, como si nada.
Luego pensó en Ramona, la recordaba como si la hubiera visto el día anterior. Para él, ella todavía tenía el pelo muy negro y las buenas formas le asomaban aún debajo de la ropa a pesar de su embarazo avanzado.
Sonrió cuando recordó que lo había elegido a él a pesar de que varios se disputaron vehementemente sus amores.
-¿Viviría aún en el mismo rancho?-, - ¿Se llamaría Anselmo también, el hijo que nunca conoció?-
Otra vez hizo las cuentas torpemente con los dedos cuarteados de su mano y pensó: -“Once años… la pucha, cómo ha pasado el tiempo”.
Hurgó entre sus certezas aquélla que había asumido desde unos cinco años atrás más o menos. Retornó a la seguridad de que había perdonado a su mujer aquélla infidelidad con el patrón.
Tranquila y reposadamente notó que era absolutamente cierto que aquéllos sentimientos malsanos habían desaparecido. Pensó que hacer justicia por mano propia en algunas circunstancias a menudo era necesario, pero sacudiendo la cabeza se convenció a sí mismo de lo elevado del costo de tales menesteres.
Anselmo nunca se había arrepentido, a lo sumo había sentido tristeza por haber sido empujado a aquello a lo que nunca hubiera querido llegar.
Seguía amando a la Ramona, lo supo aún en los días terribles de la prisión, en las jornadas solitarias de las noches en vela. Mucho más la amó cuando se dispuso a comprenderla, cuando entendió que tal vez ella nunca hubiera podido resistirse al acoso del patrón, cuando intuyó que de alguna manera, ella se había convertido en moneda de cambio de ciertos favores y ventajas que el gringo le prodigaba a él de manera claramente ventajosas respecto de los demás peones. Cuando cayó en la cuenta de que jamás una simple mujer como ella, con tantos encantos a la vista, hubiera podido permanecer incorruptible ante tantas necesidades, de las que él mismo se sentía ahora responsable.
Se durmió profundamente en tales pensamientos de redención. Despertó cuando ya amanecía, bajó del tren sacudiéndose las ropas descoloridas como quien se apea de un caballo; luego de mirar para ambos lados de la estación casi desierta, caminó lentamente hasta el cruce de rutas donde haría “dedo” hacia la Montenegrina.
En una hora ya se encontraba viajando en la caja de un camión que se dirigía a cargar rollizos de quebracho monte adentro y que pasaría cerca de su destino.
A medida que se iban achicando los kilómetros, sentía agrandársele la angustia y aquél sentimiento parecido al temor que lo tenía aprisionado desde el último tiempo.
Bajó en el cruce a escasos dos kilómetros del terraplén, tomó por una picada por adentro de la espesura del monte entre carandaes y guayaibíes jóvenes y agudos cardales que recordaba bien. Se dio cuenta de cuánto había extrañado aquél sitio, todo parecía volver a la normalidad ahora.
Profundamente deseó que así fuera. Prendió un cigarrillo y con una rama a manera de machete siguió abriéndose camino.
Desembocó a escasos cincuenta metros de su antiguo rancho, notó que estaba igual la parra que él mismo plantara para almorzar bajo el fresco de su sombra.
Como hechizado, se hincó detrás de unas matas para no ser advertido por los perros con el fin de observar primero toda la situación.
Hacía muchos meses que venía ensayando unas palabras para este momento que no lograba recordar ahora. Quería reencontrarse con Ramona nada más, y con el hijo de sus entrañas que no llegó a conocer, volver a comenzar de la manera que él sabía, con trabajo y sacrificio, estaba dispuesto a recuperar lo que había perdido una noche de alcohol once años atrás.
Hizo el esfuerzo por enésima vez hurgando adentro suyo si existía algo aún de aquél sentimiento malsano de odio, de revancha y humillación que lo había empujado a matar al búlgaro. Descubrió que nada de aquello existía allí. Hincado en tierra aguardó algún movimiento en el lugar antes de hacer su aparición.
En un solo segundo, toda su existencia precaria volvió a desplomarse como un castillo de naipes.
Anselmo Iriarte deseó de pronto, no haber oído nunca el ruido del último candado en la cárcel otorgándole la libertad, peor aún, deseó regresar al tiempo aquél cuando por lo menos, pudo sacar el facón y como un trámite apenas y hacer justicia con su propia mano.
Solo que ahora no sabía contra quién descargar el golpe. De haber tenido el arma en su mano, seguramente la habría dejado caer a un costado a causa del desasosiego.
Cerró los ojos fuertemente, rindió la otra rodilla a la tierra y cayó de bruces detrás de la mata en un llanto ronco de resignación. A los cuarenta y cuatro años de edad sintió que el mundo se le volvía a caer encima otra vez.
En la huída hacia ninguna parte, la reaparecida indisposición hacia el mundo, el odio, y la humillación renovada, le presentaba ante sus ojos una y otra vez de manera cruel, la imagen repetida que no habría de sacar de sus retinas los años que aún le quedaban por vivir: La Ramona abrazando al hijo casi adolescente que acababa de llegar de la escuela entre un grupo bullicioso de chicos oscuros, rubio; muy rubio. Como el maldito búlgaro.
LEVACOSANOVICH
BUENOS AIRES.
08-09-07
Se sentó en el primer banco que encontró y se halló viejo y cansado. Aún era bastante joven para aquéllas sensaciones pensó, pero tuvo que admitir que algo en su interior se le había percudido.
Siempre había sido un hombre firme en sus convicciones; tal vez no habría podido sobrevivir a la vida en el monte si no hubiera sido así, huérfano de madre desde los once años ni siquiera había llegado a conocer a su padre cuando ya era un hachero hecho y derecho, recolector de algodón por arriba de los cien kilos diarios; además, mariscador de pumas, guazunchos y otros bichos silvestres.
Eso lo había convertido en un hombre resistente, de decisiones irrevocables, y mano rápida para todos los menesteres.
Pero Anselmo Iriarte también era un hombre triste, melancólico a la hora de recalar en la certeza de su destino de fronteras demasiado definidas para su gusto.
Tal vez por esa razón, los sábados por la tarde al caer el sol, montaba su caballo y se dirigía al paso al almacén de don Luque para emborracharse.
Allí, todo el resentimiento de una vida de privaciones y trabajo bajo el sol durante tantos años de miseria, se derramaba en forma de canción, en forma de partidas de truco a grito pelado tras el alcohol barato, como quien tiene guardadas en su interior, fuerzas desconocidas que afloran.
A la hora de la borrachera, la rebeldía escondida durante la semana, se derramaba a través del rasguido de las notas de una guitarra que descolgaban solo para esa ocasión.
En ese estado, decía muchas de sus verdades debajo de un Catalpo en el patio de un almacén de campo, iluminado apenas por las estrellas y las brasas de los cigarros de otros parroquianos.
Ahora Anselmo echó a caminar rumbo a la estación de trenes que lo llevaría de vuelta al pueblo luego de tantos años de desgracia.
Se cercioró en todos los músculos de su cuerpo, de que su vejez no era solo una sensación, sino una realidad que era suya, e intransferible.
De pronto sintió miedo, miedo de volver después de once años de cárcel a aquél lugar de su desdicha. Al fin y al cabo, “su sitio”, y donde aún vivía (seguramente) la mayoría de todos los que había conocido en su vida.
Ya en el tren polvoriento trató de dormir, pero no pudo. Intuía que las cosas no serían fáciles cuando todos se dieran cuenta que había vuelto a la Montenegrina.
Cayó en la cuenta de que los hijos del búlgaro deberían estar mozos ya, como de veinte años según sus cuentas. Ignoraba cuál sería la reacción de los jóvenes cuando supieran que el asesino de su padre había regresado tan campante, como si nada.
Luego pensó en Ramona, la recordaba como si la hubiera visto el día anterior. Para él, ella todavía tenía el pelo muy negro y las buenas formas le asomaban aún debajo de la ropa a pesar de su embarazo avanzado.
Sonrió cuando recordó que lo había elegido a él a pesar de que varios se disputaron vehementemente sus amores.
-¿Viviría aún en el mismo rancho?-, - ¿Se llamaría Anselmo también, el hijo que nunca conoció?-
Otra vez hizo las cuentas torpemente con los dedos cuarteados de su mano y pensó: -“Once años… la pucha, cómo ha pasado el tiempo”.
Hurgó entre sus certezas aquélla que había asumido desde unos cinco años atrás más o menos. Retornó a la seguridad de que había perdonado a su mujer aquélla infidelidad con el patrón.
Tranquila y reposadamente notó que era absolutamente cierto que aquéllos sentimientos malsanos habían desaparecido. Pensó que hacer justicia por mano propia en algunas circunstancias a menudo era necesario, pero sacudiendo la cabeza se convenció a sí mismo de lo elevado del costo de tales menesteres.
Anselmo nunca se había arrepentido, a lo sumo había sentido tristeza por haber sido empujado a aquello a lo que nunca hubiera querido llegar.
Seguía amando a la Ramona, lo supo aún en los días terribles de la prisión, en las jornadas solitarias de las noches en vela. Mucho más la amó cuando se dispuso a comprenderla, cuando entendió que tal vez ella nunca hubiera podido resistirse al acoso del patrón, cuando intuyó que de alguna manera, ella se había convertido en moneda de cambio de ciertos favores y ventajas que el gringo le prodigaba a él de manera claramente ventajosas respecto de los demás peones. Cuando cayó en la cuenta de que jamás una simple mujer como ella, con tantos encantos a la vista, hubiera podido permanecer incorruptible ante tantas necesidades, de las que él mismo se sentía ahora responsable.
Se durmió profundamente en tales pensamientos de redención. Despertó cuando ya amanecía, bajó del tren sacudiéndose las ropas descoloridas como quien se apea de un caballo; luego de mirar para ambos lados de la estación casi desierta, caminó lentamente hasta el cruce de rutas donde haría “dedo” hacia la Montenegrina.
En una hora ya se encontraba viajando en la caja de un camión que se dirigía a cargar rollizos de quebracho monte adentro y que pasaría cerca de su destino.
A medida que se iban achicando los kilómetros, sentía agrandársele la angustia y aquél sentimiento parecido al temor que lo tenía aprisionado desde el último tiempo.
Bajó en el cruce a escasos dos kilómetros del terraplén, tomó por una picada por adentro de la espesura del monte entre carandaes y guayaibíes jóvenes y agudos cardales que recordaba bien. Se dio cuenta de cuánto había extrañado aquél sitio, todo parecía volver a la normalidad ahora.
Profundamente deseó que así fuera. Prendió un cigarrillo y con una rama a manera de machete siguió abriéndose camino.
Desembocó a escasos cincuenta metros de su antiguo rancho, notó que estaba igual la parra que él mismo plantara para almorzar bajo el fresco de su sombra.
Como hechizado, se hincó detrás de unas matas para no ser advertido por los perros con el fin de observar primero toda la situación.
Hacía muchos meses que venía ensayando unas palabras para este momento que no lograba recordar ahora. Quería reencontrarse con Ramona nada más, y con el hijo de sus entrañas que no llegó a conocer, volver a comenzar de la manera que él sabía, con trabajo y sacrificio, estaba dispuesto a recuperar lo que había perdido una noche de alcohol once años atrás.
Hizo el esfuerzo por enésima vez hurgando adentro suyo si existía algo aún de aquél sentimiento malsano de odio, de revancha y humillación que lo había empujado a matar al búlgaro. Descubrió que nada de aquello existía allí. Hincado en tierra aguardó algún movimiento en el lugar antes de hacer su aparición.
En un solo segundo, toda su existencia precaria volvió a desplomarse como un castillo de naipes.
Anselmo Iriarte deseó de pronto, no haber oído nunca el ruido del último candado en la cárcel otorgándole la libertad, peor aún, deseó regresar al tiempo aquél cuando por lo menos, pudo sacar el facón y como un trámite apenas y hacer justicia con su propia mano.
Solo que ahora no sabía contra quién descargar el golpe. De haber tenido el arma en su mano, seguramente la habría dejado caer a un costado a causa del desasosiego.
Cerró los ojos fuertemente, rindió la otra rodilla a la tierra y cayó de bruces detrás de la mata en un llanto ronco de resignación. A los cuarenta y cuatro años de edad sintió que el mundo se le volvía a caer encima otra vez.
En la huída hacia ninguna parte, la reaparecida indisposición hacia el mundo, el odio, y la humillación renovada, le presentaba ante sus ojos una y otra vez de manera cruel, la imagen repetida que no habría de sacar de sus retinas los años que aún le quedaban por vivir: La Ramona abrazando al hijo casi adolescente que acababa de llegar de la escuela entre un grupo bullicioso de chicos oscuros, rubio; muy rubio. Como el maldito búlgaro.
LEVACOSANOVICH
BUENOS AIRES.
08-09-07
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