No le había quedado nada. Al auto se lo robaron y con lo que pagó el seguro no alcanzó a reponerlo; el resultado de la venta del departamento lo perdió en una estafa que le hicieron sus socios, por lo que se quedo también sin trabajo. Sin dinero, sus amigos se esfumaron: ya no podía compartir esas salidas caras a las que estaban acostumbrados. Su familia se evaporó. Algunos migraron y otros se hicieron invisibles.
Susana, acostada mirando el techo del cuarto de ese departamento que no era suyo, lloraba mientras recorría mentalmente estas instancias y se preguntaba ¿Qué me duele más? Sin duda la pérdida de los que quería y creía sinceros. El pensamiento la torturaba. ¿Quién soy? Sin afectos, sin trabajo ni bienes materiales ¿que queda? ¿Con que me identifico? Estaba muy deprimida y la idea del suicidio la rondaba.
Pasaron varios días. Poco a poco fue reaccionando acuciada por la realidad. Necesitaba dinero para lo más imprescindible. Empezó a vender lo que quedaba. El equipo de revelación fotográfico fue lo primero; eso no la afectaba, solo era cambiar algo que ya no usaba por dinero para pagar cuentas.
Mario, un conocido, le propuso darle mercadería en consignación. Ropa fina de mujer y bijouterie artesanal, ésa que antes ella le compraba. Susana, que siempre estuvo detrás de un escritorio, salio a la calle con un bolso repleto de esperanzas, a recorrer negocios, a contactarse con personas que nunca había tratado, en un ambiente que no conocía, ni era conocida.
Se armo un pequeño discurso de presentación: - Hola, buen día, mi nombre es Susana, mucho gusto, quería ofrecerle… Y a ensayar sonrisas.
Así, día tras día, en colectivos, subtes y trenes recorrió barrios y localidades que ni sabía que existían. A los pocos meses ya se mantenía, aunque un poco apretada, pero lo lograba. Conoció todo tipo de personas, algunas muy amables, otras no tanto. Entre ellas a José, un hombre por quien se sentía valorada.
Mientras se lavaba la cara se miró en el espejo. La imagen reflejada se parecía físicamente a aquella otra, pero si llegaba a la profundidad de la mirada, encontraba un brillo distinto que no era por lágrimas. Era otra Susana.
Sonrió, se tiro un beso, largo una carcajada y se dijo a si misma: - ¡Sos una loca linda! Llamó a José. Acordaron salir con unos amigos que le resultaban muy simpáticos.
Se sentía feliz. Había renacido de las cenizas.ROSA KATZ
11 de diciembre 2009

No hay comentarios:
Publicar un comentario