Verano caliente, agua tibia en el mar calmo de la ribera caribeña, golpeando despacito en las paredes de los acantilados que el reflejo del sol teñía de un color naranja intenso contrastando con el verde esmeralda del mar, característico en esa zona en esta época del año. Solo se divisaba a lo lejos un bote blanco, no muy grande, con su nombre en letras doradas “Brisa del Pacífico”, único tripulante y propietario, pasaba sus vacaciones pescando, alejado del bullicio de la ciudad de México donde residía y trabajaba.
A pesar de la brisa fresca el sol calienta sin piedad la cubierta de la embarcación a las 2 de la tarde, obligando a Álvaro a apoyar la caña de pescar y lanzarse al agua de cabeza escapando del calor.
Los arrecifes están cerca, las plantas que se yerguen desde el fondo y las extrañas criaturas que allí viven, siempre le llamaron la atención, es por eso que nunca olvida su cámara acuática, excepto esta vez.
Era buen nadador y siempre se jacta lo mucho que aguanta bajo el agua fotografiando las bellezas de las profundidades pero ese día Álvaro perdió la noción del tiempo, nadando tranquilamente escudriñándolo todo, sin preocuparse por nada y sin notar como a su paso los colores del arrecife iban perdiendo su brillo y oscureciéndose poco a poco.
Al darse cuenta del fenómeno se detuvo y miró a su alrededor y al controlar su reloj entró en pánico al notar que habían pasado seis horas desde la zambullida y aún seguía como si nada en el lecho del mar.
Confundido y desesperado advirtió que no estaba solo, que entre las algas y los corales alguien lo observaba, el agua olía a violetas y su respiración se tornó pausada y tranquila, volteó su cabeza de golpe y la vio; era Carmen, como flor incandescente surgió de repente y en silencio le sonrió, era ella, era la misma, la de tantas historias del mar, Carmen “La Virgen de los Acantilados”, “La Diosa del Arrecife”, estaba tan cerca de él que deseaba tocarla, se fue moviendo lentamente hacia ella y estiró su brazo, ya casi llegaba, no podía apartar sus ojos de los de ella eran de fuego y su luz encandilaba hasta el dolor sus pupilas, ya no lo soportaba. Sudoroso y sediento despertó sobresaltado después de dos horas de siesta en medio de la cubierta del bote con su cuerpo y su rostro afiebrados por el abrazante calor, en el mismo lugar desde donde según su gran imaginación había partido hacia las profundidades del mar, elegido entre cientos de navegantes para encontrarse con Carmen y adueñarse del fuego de sus ojos.
Susana Scorpiniti
(28/01/2010)
DON MARTIN
Alto y elegante, peinado hacia atrás con anteojos de marcos oscuros, traje gris topo, camisa blanca, corbata y pañuelo en el bolsillo del saco, sombrero al tono y los zapatos más negros y brillantes de todo Almagro, se ve Don Martín agregando a la indumentaria el diario La Prensa debajo del brazo izquierdo.
Era domingo nueve de la mañana y primavera, luego del desayuno Don Martín y Chacha su nieta de 6 años, salen de la casa de Treinta y tres Orientales a dar su habitual paseo por Parque Chacabuco.
_¡Taco, Suela y Punta!_dice Don Martín a su nieta mientras doblaban barranca abajo por la calle de la esquina, Salcedo se llama, hasta llegar a Boedo. Todas las baldosas están flojas y de tanto en tanto ni existen, esto siempre preocupa a Don Martín, cuidando que el barro que brota del costado de esas mismas baldosas no salpique de barro los soquetes blancos de su nieta.
Deben caminar 6 cuadras largas hasta el andén por donde pasa el tranvía que termina su recorrido justo frente al parque. Al subir al vehículo el abuelo saludó respetuosamente al motor Mann como si lo conociera de antes y luego de mostrarle un carnet que siempre carga en el bolsillo, escogieron el segundo asiento que esta vacío y era el que a Don Martín le gustaba.
El tranvía va bastante despacio pero mucho no importa ya que las charlas de abuelo y nieta eran mucho más que instructivas y Don Martín disfruta más del paseo igual o más que Chachita. El ha sido Inspector de transporte y al jubilarse la nostalgia, más de una vez le ha jugado una mala pasada.
Las conversaciones generalmente son en voz muy alta. Por el ruido inconfundible de las ruedas de acero rechinando contra las vías y las ventanillas levantadas, era imposible mantener las charlas en tono normal pero eso tampoco importa para esta pareja despareja. El abuelo de casi dos metros se ve como gigante al lado de la pequeña y así ríen y hablan de todo sin parar hasta llegar a destino.
Luego de un viaje de veinte minutos que la ansiedad hace eternos, a lo lejos divisan los distintos tonos de verde de la frondosa arboleda del parque, cubierto también en esta época del año por flores de todas clases en enormes canteros._ ¡En la próxima parada bajamos!_avisa el abuelo. Los dos parecen emocionados, Don Martín toma de la mano a su nieta que a los saltos corretea por el césped fresco y recién cortado. De esta manera comienzan la caminata, como primera parada aparece el señor que vende maníes y un cucurucho compartido es suficiente para sentarse en unos de los bancos y disfrutarlo antes de continuar.
Chacha tironea la mano del abuelo llevándolo hacia el gran león de bronce que reluciente y callado parece esperar a la niña cada domingo y dejarse montar por ella, transportándola de manera segura por los caminos secretos que solo ellos dos conocen.
Mas adelante aparece el lago y sigue la aventura, cuando el abuelo Martín arma los barquitos de papel con las páginas gruesas del diario que ya no le interesan para que ella los deslice en el agua como él le ha enseñado y observar como el viento los aleja sin retorno de la orilla.
La partida de los pequeños buques anuncian a Chacha que se acerca la hora de volver a casa ya es casi el mediodía y el resto de la familia los espera para el almuerzo.
Ambos se encaminan hacia el andén donde se estacionan los tranvías y así tomar el que los lleva de regreso. Con la misma alegría que salieron de la casa en la mañana, vuelven. El día no ha terminado y a ambos le quedaban muchas cosas por hacer todavía como regar el jardín, cortar flores frescas para cambiar las ya marchitas del jarrón negro y dorado que adorna el centro de la mesa del comedor, entre otras cosas y el resto de la tarde pasar tiempo en el cuartito observando las artesanías que el abuelo diseña o verlo cambiar la media suela de sus zapatos y la lista sería interminable.
Don Martín sabe tomar de la vida toda su sabiduría, sin desperdiciar ni una sola gota en el largo camino que le tocó transitar, sabiduría que siempre estaba lista para compartirla con todo aquel que se muestre listo para escuchar.
._ ¡Taco, suela y punta!
Tributo a Martín Portas, mi abuelo (6/11/1988 3/01/1971)
(23/01/2010)
MIREYA CORTEZ
Mireya despertaba temprano cada mañana y mientras desayunaba frente a una taza de café y un par de periódicos que el correo le traía 2 veces a la semana, disfrutaba del aire fresco del jardín. A sus años y desde su humildad, se sentía embriagada por la fama, sin poder impedir que los amantes del Arte en poco tiempo quedaran atrapados por las obras de la artista. Su trabajo era impecable y su vida misteriosa. Nunca dejó ver su rostro, solo se sabía de ella a través de los escritos que acompañaba a cada uno de sus telas publicados por la Galería de Arte donde se exponían.
Había enviudado muy joven. Sola y sin familia para compartir su dolor, decidió volver a la pequeña casa de campo al pie de Los Alpes, donde había pasado la niñez y adolescencia, montando y cuidando de los caballos que su padre criaba.
Cuando el otoño llegó a su vida, la encontró radiante con su piel dorada por el sol y paz en la mirada. Tenía buen entrenamiento, corría varios kilómetros diarios observándolo todo para después pasar el resto del día imaginando y soñando en su atelier, creando grandes extensiones de praderas, desiertos, mares y montañas. Se llamaba a ella misma “viajera sin boleto” y así firmaba sus obras, que por cierto eran de grandes dimensiones como invitación para internarse en todos y cada uno de los lugares que construía como así también ver el nacimiento de un amanecer y su caída con un solo golpe de vista.
Vivía sola y una vez a la semana venían los proveedores a dejar lo necesario. Se podría pensar que la suya era una vida monótona pero para una mujer como ella, terca en todo lo que se proponía, estaba satisfecha con su elección de recorrer sin maletas ese mundo de ensueño que creaba sin parar.
Su imaginación era envidiable, capaz de sentir el viento soplando desde el océano en su rostro, el agua de los arroyos refrescando sus pies y hasta gotas pequeñas de lluvia, humedeciendo su pelo negro en una tarde de invierno.
Ninguna de sus obras tenía título, ni falta que hacía. Una Galería de Arte las exponía en un bohemio barrio del norte de Barcelona famoso en Europa por la cantidad de aficionados que se reunían todos los veranos para visitar las Galerías y poder conocer personalmente a los maestros de la pintura, quienes también se acercaban para compartir con sus admiradores.
Mireya Cortez era conocida en estas reuniones como la “dama sin Rostro”. Sus trabajos eran exhibidos en un recinto aparte y la inauguración esperada ansiosamente por seguidores y coleccionistas quienes llegaban de todas partes a presenciar el esperado acontecimiento para, al abrirse las puertas, tener el privilegio de poder ver el mundo como ella lo veía, desde el amor y la belleza que Dios le había regalado y que ella decidió compartir con todos aquellos a los que la fascinación por el Arte los llevara a sentir el éxtasis y el placer que da el silencio.
(31/01/09)
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