10 oct 2011

Descubriendo a Ana

Parecía un día como otros, parecía una persona como cualquier otra, después de pasar tiempo con ella entendí que algo nuevo para mí había comenzado.
Con ella y su charla sutil, sensible y divertida, caminé al encuentro del placer por el mágico sendero de las palabras. Desde entonces van pidiendo salir una tras otra para convertirse en ecos de todo mi ser. Sensaciones, emociones y hasta sueños y fantasías, se fueron acomodando hasta quedar inmortalizadas en cuentos.
Dejaré en mi lugar mi perfume y esos cuentos. Quien los lea, después que me haya ido, sabrá que pasé por aquí. Y la sigo escuchando, y la sigo disfrutando por esto y por tantas otras cosas que no he mencionado, el próximo jueves a las cinco y media, Ana estará esperando.
Susana Scorpiniti
(7/08/2011)


Alma Peregrina


Agustín observaba desde arriba como un gigante sin tiempo, mientras saciaba su sed con el agua pura de la Eternidad.
Joven, casi un niño,  cuando un inesperado viaje lo transportó más allá de su historia. Por eso cuando divisó la Luz en el fondo de aquel lago oscuro, se atrevió a volar dejando la mitad de su corazón con los que se quedaron. Tropezaría con ellos nuevamente  para compartir secretos  disfrazados que esperaban su momento para salir a escena.
Primero dirigió su vuelo  hasta la casa al pie de la sierra. Cristina su madre, desconsolada estaba en su cuarto, sosteniendo el balón blanco y negro firmado por su estrella favorita, buscando la manera de aliviar tanto dolor.
Hacía un mes de la muerte de Agustín. Era Invierno. Los árboles sin hojas lo anunciaban, también el viento soplando los copos de nieve cubriendo  de a poco el jardín.
Alrededor de las diez de la mañana, Max, el perro que su hijo había criado de cachorro ladró sin cesar detrás de la casa, llamando la atención de Cristina y obligándola a salir para ver que pasaba. Con asombro descubrió el pequeño jazmín que Agustín le había regalado y plantado algunos meses antes de su muerte. Allí estaba el pequeño arbolito, desafiando al frío y a la nieve con sus hojas brillantes y el aroma inconfundible de sus flores preferidas.
Las palabras no salían, su corazón se detuvo, sus ojos hablaban por ella. Las lágrimas rodaron por sus mejillas como si fueran las caricias de su hijo.
Continuó su camino revoloteando sobre las casa de sus amigos, justamente esa tarde de domingo cuando los tres estaban reunidos. Allí pudo comprobar que esos tres muchachos lo acompañarían por siempre.
Recordarán las veces que juntos se equivocaron. Las veces que hacían de todos la derrota de uno, las veces que tuvieron miedo y las que se perdonaron.
Por todas esas cosas y al observarlos hoy desde arriba sin haberse ido del todo, reconoce el sentido que sus inseparables compañeros le dieron a su vida.
 Por eso antes de continuar su viaje, pensó en despedirse con aquello que los unía. Golpeando la puerta a la misma hora de siempre sorprende a sus camaradas quienes al abrirla se encuentran con el reluciente balón blanco y negro el umbral. El mismo con el que Agustín aparecía cada domingo a las dos de la tarde, dejándoles saber  que no estaba dispuesto a ser olvidado. 

Susana Scorpiniti
(21/08/2010)



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