17 may 2010

¡QUÉ COSAS NOS DÁ LA VIDA!

Recorriendo por este tan complicado camino que nos da la existencia, a veces se nos presenta como un precipicio sin poder seguir, pero al mirar hacia el costado están junto a nosotros esos seres que nos dan amor y felicidad y que nos hacen crecer junto a ellos...y entonces encontramos ese sendero que se presenta como un paraíso acicalado con bellas flores y tiernas palabras que nos hacen sentir vivos, y amados.
Elegir el camino adecuado es difícil pero no imposible., eso nos da la experiencia, a veces lloramos de emoción y otras de tristeza, pero observando hacia adelante están nuestros seres queridos nuestros hijos, nuestros amigos... los de siempre los que nos acompañaron en nuestra juventud y cuando apenas estamos envejeciendo, o aquellos que quedaron en el camino pero nunca se olvidaron, que por esas circunstancias que ignoramos… se van, pero vuelven para otra vez darnos alegrías.
Y ahí un día apareciste vos, trayendo al hoy esos días felices, que nos dio la juventud y que ahora aparecen mágicamente.
Te vi y palpité tu presencia eras vos, para acompañarme en ese camino que nos falta transitar, compartiendo sonrisas emociones y viendo como aunque ausentes en ese lapso inexplicable, aparecieron nuestros hijos nuestros nietos para conocerlos y compartir lo soles de nuestra vida….
¡QUE COSA NOS DA LA VIDA…NO?
Siempre estuviste en algún rincón, invisible, y ahora amiga te tengo como hace tiempo y me haces sonreír mirar hacia adelante donde están mis amados hijos y nietos, y mis queridos amigos que me acompañaran hasta la última etapa.



A VECES….
A veces quiero decirte en silencio, te amo…porque el silencio guarda las palabras que el corazón siente…
A veces te quiero como ese amante oculto, que invisible roza mi cuerpo y me sacude como ave en vuelo, y se desvanece con tu mirar cuando me observas o cuando a solas escucho el resonar de tu voz que me estremece.
A veces te espero en mi cuarto y me miro en el espejo como adolecente y te percibo aparecer, entonces me siento más bella, y más lozana y te espero en mi morada como en aquellos tiempos, soñando con volver a tenerte nuevamente mío…
A veces te siento resbalar por mi cuerpo, cuando te imagino en esas noches de insomnio, al escuchar melodías que me recuerdan tu sosiego, descubro apenas tu palpitar a los lejos por mi ventanal abierto, y se enciende el calor de tus manos por mi ardiente piel y te siento vehemente, fogoso, apasionado, como inevitable amante que a escondidas me seduce y me enloquece con el perfume de su piel, y me creo entonces amada y seducida.
A veces te imagino volar de mi mano con los vientos del pasado y desaparece el encanto, cuando la realidad me abruma, es entonces que yo seré tu evocación, y tu serás para mi solo aquel recuerdo, que el tiempo dejó… solo la huella de ser aquel, mi amor eterno, aunque invisible a las miradas ajenas, y yo seré tal vez tu gran evocación escondida…
A veces te pienso como pasión de juventud…a veces te quiero como un gran amigo…pero a veces solo a veces te siento como la apasionada ilusión de la madurez de estos días…no se porque te amo ni se como te quiero…

Mónica Martínez

18 feb 2010

MÁS TEXTOS DE SUSANA SCORPINITI

LA SIESTA
Verano caliente, agua tibia en el mar calmo de la ribera caribeña, golpeando despacito en las paredes de los acantilados que el reflejo del sol teñía de un color naranja intenso contrastando con el verde esmeralda del mar, característico en esa zona en esta época del año. Solo se divisaba a lo lejos un bote blanco, no muy grande, con su nombre en letras doradas “Brisa del Pacífico”, único tripulante y propietario, pasaba sus vacaciones pescando, alejado del bullicio de la ciudad de México donde residía y trabajaba.
A pesar de la brisa fresca el sol calienta sin piedad la cubierta de la embarcación a las 2 de la tarde, obligando a Álvaro a apoyar la caña de pescar y lanzarse al agua de cabeza escapando del calor.
Los arrecifes están cerca, las plantas que se yerguen desde el fondo y las extrañas criaturas que allí viven, siempre le llamaron la atención, es por eso que nunca olvida su cámara acuática, excepto esta vez.
Era buen nadador y siempre se jacta lo mucho que aguanta bajo el agua fotografiando las bellezas de las profundidades pero ese día Álvaro perdió la noción del tiempo, nadando tranquilamente escudriñándolo todo, sin preocuparse por nada y sin notar como a su paso los colores del arrecife iban perdiendo su brillo y oscureciéndose poco a poco.
Al darse cuenta del fenómeno se detuvo y miró a su alrededor y al controlar su reloj entró en pánico al notar que habían pasado seis horas desde la zambullida y aún seguía como si nada en el lecho del mar.
Confundido y desesperado advirtió que no estaba solo, que entre las algas y los corales alguien lo observaba, el agua olía a violetas y su respiración se tornó pausada y tranquila, volteó su cabeza de golpe y la vio; era Carmen, como flor incandescente surgió de repente y en silencio le sonrió, era ella, era la misma, la de tantas historias del mar, Carmen “La Virgen de los Acantilados”, “La Diosa del Arrecife”, estaba tan cerca de él que deseaba tocarla, se fue moviendo lentamente hacia ella y estiró su brazo, ya casi llegaba, no podía apartar sus ojos de los de ella eran de fuego y su luz encandilaba hasta el dolor sus pupilas, ya no lo soportaba. Sudoroso y sediento despertó sobresaltado después de dos horas de siesta en medio de la cubierta del bote con su cuerpo y su rostro afiebrados por el abrazante calor, en el mismo lugar desde donde según su gran imaginación había partido hacia las profundidades del mar, elegido entre cientos de navegantes para encontrarse con Carmen y adueñarse del fuego de sus ojos.

Susana Scorpiniti
(28/01/2010)


DON MARTIN

Alto y elegante, peinado hacia atrás con anteojos de marcos oscuros, traje gris topo, camisa blanca, corbata y pañuelo en el bolsillo del saco, sombrero al tono y los zapatos más negros y brillantes de todo Almagro, se ve Don Martín agregando a la indumentaria el diario La Prensa debajo del brazo izquierdo.
Era domingo nueve de la mañana y primavera, luego del desayuno Don Martín y Chacha su nieta de 6 años, salen de la casa de Treinta y tres Orientales a dar su habitual paseo por Parque Chacabuco.
_¡Taco, Suela y Punta!_dice Don Martín a su nieta mientras doblaban barranca abajo por la calle de la esquina, Salcedo se llama, hasta llegar a Boedo. Todas las baldosas están flojas y de tanto en tanto ni existen, esto siempre preocupa a Don Martín, cuidando que el barro que brota del costado de esas mismas baldosas no salpique de barro los soquetes blancos de su nieta.
Deben caminar 6 cuadras largas hasta el andén por donde pasa el tranvía que termina su recorrido justo frente al parque. Al subir al vehículo el abuelo saludó respetuosamente al motor Mann como si lo conociera de antes y luego de mostrarle un carnet que siempre carga en el bolsillo, escogieron el segundo asiento que esta vacío y era el que a Don Martín le gustaba.
El tranvía va bastante despacio pero mucho no importa ya que las charlas de abuelo y nieta eran mucho más que instructivas y Don Martín disfruta más del paseo igual o más que Chachita. El ha sido Inspector de transporte y al jubilarse la nostalgia, más de una vez le ha jugado una mala pasada.
Las conversaciones generalmente son en voz muy alta. Por el ruido inconfundible de las ruedas de acero rechinando contra las vías y las ventanillas levantadas, era imposible mantener las charlas en tono normal pero eso tampoco importa para esta pareja despareja. El abuelo de casi dos metros se ve como gigante al lado de la pequeña y así ríen y hablan de todo sin parar hasta llegar a destino.
Luego de un viaje de veinte minutos que la ansiedad hace eternos, a lo lejos divisan los distintos tonos de verde de la frondosa arboleda del parque, cubierto también en esta época del año por flores de todas clases en enormes canteros._ ¡En la próxima parada bajamos!_avisa el abuelo. Los dos parecen emocionados, Don Martín toma de la mano a su nieta que a los saltos corretea por el césped fresco y recién cortado. De esta manera comienzan la caminata, como primera parada aparece el señor que vende maníes y un cucurucho compartido es suficiente para sentarse en unos de los bancos y disfrutarlo antes de continuar.
Chacha tironea la mano del abuelo llevándolo hacia el gran león de bronce que reluciente y callado parece esperar a la niña cada domingo y dejarse montar por ella, transportándola de manera segura por los caminos secretos que solo ellos dos conocen.
Mas adelante aparece el lago y sigue la aventura, cuando el abuelo Martín arma los barquitos de papel con las páginas gruesas del diario que ya no le interesan para que ella los deslice en el agua como él le ha enseñado y observar como el viento los aleja sin retorno de la orilla.
La partida de los pequeños buques anuncian a Chacha que se acerca la hora de volver a casa ya es casi el mediodía y el resto de la familia los espera para el almuerzo.
Ambos se encaminan hacia el andén donde se estacionan los tranvías y así tomar el que los lleva de regreso. Con la misma alegría que salieron de la casa en la mañana, vuelven. El día no ha terminado y a ambos le quedaban muchas cosas por hacer todavía como regar el jardín, cortar flores frescas para cambiar las ya marchitas del jarrón negro y dorado que adorna el centro de la mesa del comedor, entre otras cosas y el resto de la tarde pasar tiempo en el cuartito observando las artesanías que el abuelo diseña o verlo cambiar la media suela de sus zapatos y la lista sería interminable.
Don Martín sabe tomar de la vida toda su sabiduría, sin desperdiciar ni una sola gota en el largo camino que le tocó transitar, sabiduría que siempre estaba lista para compartirla con todo aquel que se muestre listo para escuchar.
._ ¡Taco, suela y punta!

Tributo a Martín Portas, mi abuelo (6/11/1988 3/01/1971)
(23/01/2010)

MIREYA CORTEZ
Mireya despertaba temprano cada mañana y mientras desayunaba frente a una taza de café y un par de periódicos que el correo le traía 2 veces a la semana, disfrutaba del aire fresco del jardín. A sus años y desde su humildad, se sentía embriagada por la fama, sin poder impedir que los amantes del Arte en poco tiempo quedaran atrapados por las obras de la artista. Su trabajo era impecable y su vida misteriosa. Nunca dejó ver su rostro, solo se sabía de ella a través de los escritos que acompañaba a cada uno de sus telas publicados por la Galería de Arte donde se exponían.
Había enviudado muy joven. Sola y sin familia para compartir su dolor, decidió volver a la pequeña casa de campo al pie de Los Alpes, donde había pasado la niñez y adolescencia, montando y cuidando de los caballos que su padre criaba.
Cuando el otoño llegó a su vida, la encontró radiante con su piel dorada por el sol y paz en la mirada. Tenía buen entrenamiento, corría varios kilómetros diarios observándolo todo para después pasar el resto del día imaginando y soñando en su atelier, creando grandes extensiones de praderas, desiertos, mares y montañas. Se llamaba a ella misma “viajera sin boleto” y así firmaba sus obras, que por cierto eran de grandes dimensiones como invitación para internarse en todos y cada uno de los lugares que construía como así también ver el nacimiento de un amanecer y su caída con un solo golpe de vista.
Vivía sola y una vez a la semana venían los proveedores a dejar lo necesario. Se podría pensar que la suya era una vida monótona pero para una mujer como ella, terca en todo lo que se proponía, estaba satisfecha con su elección de recorrer sin maletas ese mundo de ensueño que creaba sin parar.
Su imaginación era envidiable, capaz de sentir el viento soplando desde el océano en su rostro, el agua de los arroyos refrescando sus pies y hasta gotas pequeñas de lluvia, humedeciendo su pelo negro en una tarde de invierno.
Ninguna de sus obras tenía título, ni falta que hacía. Una Galería de Arte las exponía en un bohemio barrio del norte de Barcelona famoso en Europa por la cantidad de aficionados que se reunían todos los veranos para visitar las Galerías y poder conocer personalmente a los maestros de la pintura, quienes también se acercaban para compartir con sus admiradores.
Mireya Cortez era conocida en estas reuniones como la “dama sin Rostro”. Sus trabajos eran exhibidos en un recinto aparte y la inauguración esperada ansiosamente por seguidores y coleccionistas quienes llegaban de todas partes a presenciar el esperado acontecimiento para, al abrirse las puertas, tener el privilegio de poder ver el mundo como ella lo veía, desde el amor y la belleza que Dios le había regalado y que ella decidió compartir con todos aquellos a los que la fascinación por el Arte los llevara a sentir el éxtasis y el placer que da el silencio.
 (31/01/09)

TEXTOS DE SUSANA SCORPINITI

EL MAR, un viejo amigo


El ruido inconfundible de su ir y venir como niño inquieto, la brisa cálida, la furia de un huracán, los fuertes vientos de inviernos provocando olas gigantescas increíbles a los ojos, acompañan al mar en todo su esplendor para recordarle a todo aquel que al ser besado por él será atrapado en un hechizo insaciable de placer, y justamente eso es lo que se recuerda y se extraña del mar cuando uno se aleja. Con su perfume penetrante en las noches oscuras sin estrellas, golpeteando sus olas en las rocas y haciendo escuchar su lamento es lo que usa para seducirnos. Junto a él nacen toda clase de inspiraciones para contar y enriquecer historias de amor en largas poesías.
Como un enorme refugio que ayuda a soñar hasta las mismas sirenas, su canto queda incrustado en algunos corazones que al escuchar su ronroneo, olvidan su soledad para disfrutar del romántico momento en que aquel enorme manto azul se convierte en un fiel y viejo amigo en quien confiar y con quien compartir secretos.
¿Qué es la vida sin un amigo con quien compartir?. Santiago, muchacho de ciudad, sabía mucho de estas cosas, solitario y aventurero, más de una vez lloraba en silencio la falta de ese alguien. Cansado de fracasar en todos sus intentos emprendió su primer viaje hacia lo desconocido. Llegando a las costas de Santa Bárbara fue donde lo descubrió, la aventura valió la pena, el intenso azul, el perfume, la brisa y aquel canto inconfundible cautivó su alma. Después de rentar un cuarto de hotel frente a la playa, acercó su cama junto a la ventana, pero no obstante eso, días y noches lo sorprendieron en la playa muchas veces, a la luz de luna o simplemente descansando una siesta sobre la arena tibia, con la espuma blanca toqueteando sus pies, y el agua refrescando su cuerpo caliente.
Sentía desde lo profundo que Dios estaba ahí, ahí nomás, aunque el solo lo pudiera ver, entendió que era su premio por amar tanto la vida, y que la búsqueda constante por la necesidad de no estar solo lo había llevado a encontrarse con la compañía de ese amigo del cual nunca se separó. Muchos Santiagos sin amigos en el mundo esperan ansiosos su oportunidad, el nuestro encontró la suya en el intenso azul del Mar.


3 ene 2010

CIEN VECES, MARISA

“El espejo en el centro sobre el centro del laberinto de la vida.”


Marisa estaba sentada frente a la mesa donde el cuaderno y la lapicera aguardaban el incomparable momento de la inspiración.
Le costaba encontrarla para cumplir la consigna dada por la coordinadora del taller literario: “Cien veces Marisa”.
Conspiraba contra el deseo de escribir las siempre presentes afirmaciones de Dolina sobre el dolor intenso que causa el poner lo que uno es y siente; el tormento de la soledad que implica el acto de escribir.
Pensaba que proclamarse cien veces lo que uno es, significaría estar loco.
Hacía frío; decidió irse a dormir; ya en la cama se tapó la cabeza y al poco entró en la alquimia del sueño donde se reconstruye lo primordial y se rompen los lazos con lo racional entrando en un espacio sin tiempo lineal.
Marisa ya vestida, dispuesta a caminar por un parque de diversiones revestido de luces, colores y música; disfrutando el encanto del paisaje que la envolvía caminó hasta el tren fantasma que lucía un raro nombre: “Tren del Juicio”. Marisa subió a un vagón solitario y éste entró en el túnel; una voz explicó la rutina del juego: “Contemplarás espejos y en cada uno verás situaciones y tiempos de tu vida; si llegan a cien y ha valido la pena vivirlas, serás premiada”.
1º espejo: Marisa en su infancia, cuando sorteó por dos veces la muerte anunciada; su sufrimiento como hija, la soledad como mandato, el colegio primario, su imaginación como refugio.
2º espejo: Marisa adolescente, opositora a la cultura de la época (situación en la que aún permanece), excelente nadadora y pasable esgrimista; buena alumna del secundario, los primeros bailes y fracasos de amor. La tristeza en lo profundo de su ser.
3º espejo: Marisa en la facultad, un solo examen y muchas corridas (estaba el peronismo y como siempre la izquierda en otra dimensión). La protegió un falso estudiante al que acompañaba la muerte como destino.
4º espejo: Marisa en busca de aventuras; las islas del Delta, un hombre, paseos nocturnos en bote por las aguas entonces no contaminadas, la noche, la luna plateando el río, resaltando la vegetación de las islas tranquilas; el nadar juntos, la playa, una relación intensa sin palabras, un recuerdo imborrable.
5º espejo: Marisa y su vida en la villa miseria de Rosario. Sus experiencias tan queridas, un policía y un beso de amor siempre recordado, manos que la ayudaron, una etapa aventurera pero valiosa, sincera, sin máscaras. La aventura terminó y Marisa regresó a su hogar.
6º espejo: Marisa y el psicoanálisis, un principio por siempre principio. Su carrera de asistente social y un encuentro con una religiosa, el ser humano más auténtico como cristiano que conoció hasta este tiempo.
7º espejo: Marisa como asistente social; la oportunidad de lograr status; la ética con que nació no se lo permitió. Su casamiento con un revolucionario de los setenta terminó con su profesión.
8º espejo: Marisa se casó; el revolucionario (supuestamente lo era en el campo político) como persona la hirió, hundiendo una zona de su espíritu para siempre. La separación. Un hijo floreció, nadie, ni él mismo, puede desterrarse de su amor.
9º espejo: Más allá de la lógica, sus encuentros con los militares fueron instantes de una comunicación increíble. Su tarea como psicomotricista en una institución de padres con niños que sólo tenían el sentimiento, se transformó en una construcción de fe y amor que dio significado a su vida.
10º espejo: La comprensión que el camino junto a todos hace del sufrimiento un río de aguas límpidas donde el alma se refugia y se recubre de esperanza.
Marisa esperaba los otros noventa espejos; un cartel alertó su atención: “ya es suficiente; baja”.
Con cierto temor ella bajó y empezó a caminar por el laberinto de túneles; se encontró con un amplio salón, el centro del laberinto, profusamente iluminado, con paredes revestidas por paneles pintados con flores de intenso color. Allí la esperaba un ángel.
-“Fuiste aprobada, no hay más espejos. El Padre te premia por tu tenacidad de luchar con la muerte, con la nada y, porqué no, con la locura. Siempre diste algo de amor. El premio búscalo en ti”.
Marisa se despertó; el sol golpeaba en su ventana; se vistió mientras pensaba en el premio. Se miró en el espejo; comprendió que el pasado se diluye en un propio perdón y supo que ya no habría más laberintos ni espejos con memoria.

Maria Luisa Rovelli

17 dic 2009

EL ALTILLO

Mabel tenía 4 hijos. Dos ya no vivían con ella, y los otros dos estaban tirados en el sillón del living fumando: eran Camila y Federico. De pronto sonó el timbre. Era la vecina de al lado que siempre venía a molestar por algo. Mabel, que estaba con los quehaceres de la casa, tuvo que ir abrir la puerta. Al pasar le dijo a sus hijos:
-¡Pero ustedes ahí tirados y no se preocupan por nada!
- Doña María, ¿que ocurre ahora?
- Es que vi entrar a su altillo una inmensa rata, no sea cosa que después tenga ratoncitos y se vengan a mi casa.
Mabel sin decir agua va, escoba en mano comenzó a subir los escalones, no sin antes gritarles a sus hijos, vagabundos indolentes, no me ayudan en nada. Llegó hasta la puerta y con el pánico que le producía el solo pensar que haría si esa rata apareciera, comenzó a golpear el sucio lugar hasta que observó un bulto, una y otra vez pegaba y decía: -te encontré rata inmunda. Al verlo sólo resultó un par de medias: las olió y frunció la nariz. La poca luz que reinaba en el lugar no le permitía ver con claridad. Pisó algo que crujía. Alumbró con la linterna pensando que la había pisado, pero era un corpiño; lo levantó y exclamó: - ¡este es el corpiño de mi hija; ya vamos a arreglar el porqué se encuentra aquí! De repente se escuchó un ruido dentro de una caja. Mabel, astuta, antes de que escape comenzó a dar golpes, uno tras otro hasta que no se escuchó ruido alguno. Despacito abrió la caja y vio su cola, que aún sacudía de un lado a otro. Hizo coraje y la tomó por la cola hasta sacarla. Cuando la vio tuvo ganas de vomitar, pero el pobre animal le dio pena: sangraba por la boca y una baba maloliente corría por entre sus dientes. A Mabel la conmovió el bicho y comenzó a hacerle respiración boca a boca y a apretar su pecho 1,2,3. Mabel tenía la cara empapada en sangre y baba del animal que a juzgar por su tamaño podría tranquilamente comerse a un gato. Limpió la sangre de sus comisuras con la manga y volvíó a hacerle respiración boca a boca una y otra vez. A veces se le resbalaba de las manos, pues tenía su cuerpo empapado. Los ojos se le salieron afuera debido a los masajes, y ella se los metió nuevamente adentro con sus dedos, tratando de que la sangre no le impidiera que quedaran en su lugar, pero la rata no volvía en sí. Los golpes le habían sacado afuera los sesos, no había más nada por hacer.
Mabel bajó asustada, gritándoles a sus hijos:

- Maté a la rata y después me arrepentí.

MÓNICA MARTINEZ
25/09/09

13 dic 2009

AVE FENIX

No le había quedado nada. Al auto se lo robaron y con lo que pagó el seguro no alcanzó a reponerlo; el resultado de la venta del departamento lo perdió en una estafa que le hicieron sus socios, por lo que se quedo también sin trabajo. Sin dinero, sus amigos se esfumaron: ya no podía compartir esas salidas caras a las que estaban acostumbrados. Su familia se evaporó. Algunos migraron y otros se hicieron invisibles.
Susana, acostada mirando el techo del cuarto de ese departamento que no era suyo, lloraba mientras recorría mentalmente estas instancias y se preguntaba ¿Qué me duele más? Sin duda la pérdida de los que quería y creía sinceros. El pensamiento la torturaba. ¿Quién soy? Sin afectos, sin trabajo ni bienes materiales ¿que queda? ¿Con que me identifico? Estaba muy deprimida y la idea del suicidio la rondaba.
Pasaron varios días. Poco a poco fue reaccionando acuciada por la realidad. Necesitaba dinero para lo más imprescindible. Empezó a vender lo que quedaba. El equipo de revelación fotográfico fue lo primero; eso no la afectaba, solo era cambiar algo que ya no usaba por dinero para pagar cuentas.
Mario, un conocido, le propuso darle mercadería en consignación. Ropa fina de mujer y bijouterie artesanal, ésa que antes ella le compraba. Susana, que siempre estuvo detrás de un escritorio, salio a la calle con un bolso repleto de esperanzas, a recorrer negocios, a contactarse con personas que nunca había tratado, en un ambiente que no conocía, ni era conocida.
Se armo un pequeño discurso de presentación: - Hola, buen día, mi nombre es Susana, mucho gusto, quería ofrecerle… Y a ensayar sonrisas.
Así, día tras día, en colectivos, subtes y trenes recorrió barrios y localidades que ni sabía que existían. A los pocos meses ya se mantenía, aunque un poco apretada, pero lo lograba. Conoció todo tipo de personas, algunas muy amables, otras no tanto. Entre ellas a José, un hombre por quien se sentía valorada.
Mientras se lavaba la cara se miró en el espejo. La imagen reflejada se parecía físicamente a aquella otra, pero si llegaba a la profundidad de la mirada, encontraba un brillo distinto que no era por lágrimas. Era otra Susana.
Sonrió, se tiro un beso, largo una carcajada y se dijo a si misma: - ¡Sos una loca linda! Llamó a José. Acordaron salir con unos amigos que le resultaban muy simpáticos.
Se sentía feliz. Había renacido de las cenizas.


ROSA KATZ
11 de diciembre 2009

7 dic 2009

TEXTOS DE ROSANA SAPIA



ELVIEJO VIOLIN

Y allí estás, solo, olvidado en un rincón. Cubierto de telarañas. No te queda ni el estuche negro forrado de pana bordó. Pensar que años atrás eras el rey de las reuniones. Tu música sonaba como el canto de los ángeles. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué estás allí, silencioso, comido por las polillas que no respetaron tu trayectoria? Tampoco "ellos" valoraron tu excelencia: tu curvatura perfecta, tu madera lustrada que con manos de un luthier fue moldeada paso a paso. ¡Cuántos recuerdos quedaron atrás! Son otras épocas, dijeron, y el espacio que era tuyo fue cedido al nuevo violín eléctrico, azul metalizado, aunque no tiene tu porte ni tu distinción.
Muchos años pasaron. Andamos rondando los ochenta. Pero no te preocupes viejo amigo, compañero de serenatas, yo te voy a rescatar y volverás a brillar como antes. Juntos le vamos a demostrar que viejos, son los trapos.


EL CUIDADOR

Cuando amanece, instalado en el centro de la plaza cercana a la estación, comprueba que aún no hay nadie y se dedica a disfrutar la maravillosa naturaleza. Palos borrachos en flor, lapachos, jacarandaes y un camino de álamos enfrentados entre sí que se abren a su paso. Siempre descubre algo nuevo. Los teros, fieles centinelas, avisan con sus gritos la llegada de intrusos que amenazan a sus crías. Los pájaros carpinteros asoman sus cabecitas desde el hueco de un árbol y los colibríes, flotando entre las flores, vuelan de un lugar a otro con tanta velocidad que apenas puede distinguir sus colores. A veces, hasta un gorrión atrevido se posa en sus hombros.
Ese espacio le pertenece, lo siente. Allí no existen problemas ni mal humor. Es su pequeño rincón, su lugar de confesión, su conexión con la madre tierra. Nadie lo maltrata. Luego de absorber esa energía sigue su rutina hasta que la noche va cubriendo el lugar, pero él seguirá allí, porque un buen espantapájaros no hace abandono de trabajo.

ROSANA SAPIA