19 oct 2011

ARTICULO PERIODISTICO

Por Roberto Noboa

ADVIERTEN DESDE EL GOBIERNO EL PLAN TENDIENTE A ELIMINAR LOS FUTUROS AUMENTOS
DEL PRECIO DE LA CARNE VACUNA. 

Ante manifestaciones surgidas del seno de los empresarios productores y matarifes involucrados, el gobierno ha implementado ya un mecanismo para enfrentar la carestía que se avecina, dada la disminución de los stocks ganaderos convencionales.
Las estimaciones de los futuros aumentos que rondarían el 15% para el resto del año calendario, serán combatidos con diversas, contundentes y draconianas medidas de fondo.
Ya están en funcionamiento criaderos de perros, gatos, mulas y asnos que aumentaran en Liniers, la oferta cárnica mayorista.
Además, se han inaugurado, a la fecha, mataderos para estos nuevos tipos de ganado, con destino a faena.
Asimismo, se ha creado un plan coordinado para la requisa domiciliaria de los exponentes de las especies en cuestión con tal fin.
Las autoridades sanitarias y bromatológicas tienen ya sus equipos de inspectores veterinarios especializados, asesorados por técnicos laosianos, listos para entrar en acción.
Las producciones mencionadas "ut supra", se verán engrosadas también con la recolección de las unidades del Instituto de Zoonosis Louis Pasteur, el cual ha incrementado su numero, atento a las necesidades alimentarias de la población, y con el fin de colaborar, en la medida de todas sus posibilidades, ha resuelto instalar en los puntos neurálgicos y estratégicos de cada barrio, una picadora gigante, para vender su producto, discriminado por especie, a precios populares.
A su vez, los haras, studes, lazareto, e hipódromos, harán lo propio para disminuir la dependencia del consumo porteño de las carnes vacunas.
Con toda esta batería de medidas de acciones concertadas y sin precedentes, tomadas por el

Gobierno, el mismo confía en mantener estable, por el resto del año, el precio de la carne vacuna, tal como lo asegura el funcionario Sr. X:X:                                                             

10 oct 2011

La Caja del abuelo

La luna lucía extraña desde las ventanas del cacerío, era verano y se veía encendida como si fuera el sol brillando a medianoche. Se escuchaban voces a lo lejos, eran unos cuantos niños y un perro que habían decidido pasar la noche en el claro del bosque. Uno de ellos traía una caja de madera, cerrada con un candado de bronce. Dijo que la había encontrado en el cuartito donde su abuelo tenía las herramientas y que guardaba un secreto de familia.
Se acomodaron en rueda, encendieron una fogata y abrieron la caja rompiendo el candado. Tapado de polvo apareció un pequeño libro con una cubierta gris donde se leía “Mensaje en la Oscuridad”. Al hojearlo, un olor nauseabundo salía de sus páginas y un viento arrasante comenzó a agitar las ramas mientras las hojas se iluminaban como pequeños espejos. Lo que veían iba más allá de lo conocido. Destellos como copos incandescentes se desprendían de la luna y caían incesantemente, posándose en las copas de los árboles y deslizándose entre las raíces enredadas en el suelo rocoso.

Curiosamente se confundían con el plumaje blanco de los búhos, que quedaron inmóviles al ver las flores silvestres desplegando sus pétalos a la medianoche. Desde entonces y por el asombro, sus ojos amarillos permanecerían abiertos para siempre. Y entonces la música. Comenzó suave hasta convertirse en contundente y uniforme.

Por las extrañas luces que la luna dejaba caer como rocío en la espesura, los niños apagaron la fogata y corrieron a esconderse detrás de los arbustos cubriéndose con las frazadas. Espiaban en silencio tratando de descifrar los mensajes ocultos en la música.

Inesperadamente en el horizonte apareció un resplandor majestuoso que con singular cadencia se acercaba a ellos. Los acordes sonaron más fuerte, como avisando a las pequeñas luminarias que como chispazos desparejos iban desapareciendo impulsados hacia la enorme luz. Embobados veían como todo aquello fantástico se desvanecía frente a sus ojos perdiéndose en la lejanía.

Debajo de las frazadas los cuatro respiraron de alivio. La caja estaba apenas unos metros delante de ellos pero ninguno se atrevía a acercarse. Finalmente el más osado tomó coraje, de una corrida cerró el libro y de otro manotazo lo metió en la caja, luego sin mucho que pensar entre todos la enterraron entre los árboles. El perro alerta observaba.

Ya en la mañana algo confundidos y cansados por no haber dormido, llegaron al pueblo, decidieron sentarse un rato en la escalinata de la plaza. Conversaban nerviosos y se prometieron no volver a hablar del asunto. De pronto escucharon ladrar al perro que venía corriendo desde el bosque trayendo algo en el hocico, al detenerse lo dejó  caer frente a ellos, se espantaron al ver que se trataba del pequeño libro que al abrirse liberó con el polvo, aquel misterioso olor.

Susana Scorpiniti

(6/08/2011)

Descubriendo a Ana

Parecía un día como otros, parecía una persona como cualquier otra, después de pasar tiempo con ella entendí que algo nuevo para mí había comenzado.
Con ella y su charla sutil, sensible y divertida, caminé al encuentro del placer por el mágico sendero de las palabras. Desde entonces van pidiendo salir una tras otra para convertirse en ecos de todo mi ser. Sensaciones, emociones y hasta sueños y fantasías, se fueron acomodando hasta quedar inmortalizadas en cuentos.
Dejaré en mi lugar mi perfume y esos cuentos. Quien los lea, después que me haya ido, sabrá que pasé por aquí. Y la sigo escuchando, y la sigo disfrutando por esto y por tantas otras cosas que no he mencionado, el próximo jueves a las cinco y media, Ana estará esperando.
Susana Scorpiniti
(7/08/2011)


Alma Peregrina


Agustín observaba desde arriba como un gigante sin tiempo, mientras saciaba su sed con el agua pura de la Eternidad.
Joven, casi un niño,  cuando un inesperado viaje lo transportó más allá de su historia. Por eso cuando divisó la Luz en el fondo de aquel lago oscuro, se atrevió a volar dejando la mitad de su corazón con los que se quedaron. Tropezaría con ellos nuevamente  para compartir secretos  disfrazados que esperaban su momento para salir a escena.
Primero dirigió su vuelo  hasta la casa al pie de la sierra. Cristina su madre, desconsolada estaba en su cuarto, sosteniendo el balón blanco y negro firmado por su estrella favorita, buscando la manera de aliviar tanto dolor.
Hacía un mes de la muerte de Agustín. Era Invierno. Los árboles sin hojas lo anunciaban, también el viento soplando los copos de nieve cubriendo  de a poco el jardín.
Alrededor de las diez de la mañana, Max, el perro que su hijo había criado de cachorro ladró sin cesar detrás de la casa, llamando la atención de Cristina y obligándola a salir para ver que pasaba. Con asombro descubrió el pequeño jazmín que Agustín le había regalado y plantado algunos meses antes de su muerte. Allí estaba el pequeño arbolito, desafiando al frío y a la nieve con sus hojas brillantes y el aroma inconfundible de sus flores preferidas.
Las palabras no salían, su corazón se detuvo, sus ojos hablaban por ella. Las lágrimas rodaron por sus mejillas como si fueran las caricias de su hijo.
Continuó su camino revoloteando sobre las casa de sus amigos, justamente esa tarde de domingo cuando los tres estaban reunidos. Allí pudo comprobar que esos tres muchachos lo acompañarían por siempre.
Recordarán las veces que juntos se equivocaron. Las veces que hacían de todos la derrota de uno, las veces que tuvieron miedo y las que se perdonaron.
Por todas esas cosas y al observarlos hoy desde arriba sin haberse ido del todo, reconoce el sentido que sus inseparables compañeros le dieron a su vida.
 Por eso antes de continuar su viaje, pensó en despedirse con aquello que los unía. Golpeando la puerta a la misma hora de siempre sorprende a sus camaradas quienes al abrirla se encuentran con el reluciente balón blanco y negro el umbral. El mismo con el que Agustín aparecía cada domingo a las dos de la tarde, dejándoles saber  que no estaba dispuesto a ser olvidado. 

Susana Scorpiniti
(21/08/2010)



Dos Pasiones

Desde hace cinco años antes del amanecer el hombre espera apoyado en el balcón de su casa, como en un puerto abandonado, la llegada de un viejo carguero trayendo los sueños perdidos. Eugenio, alrededor de setenta años, con su cabeza color de luna observa el despunte del sol en Lago Escondido.
Recorre con su mirada el horizonte, las fachadas despintadas, los jardines resecos e infértiles, poco atractivos para que cientos de mariposas vuelvan a retozar  en sus canteros.
Las calles áridas y terrosas, de un color indefinido, y al final del pueblo la torre de hierro de la vieja fábrica. La misma que después de traer al poblado orgullo y prosperidad, en solo veinte años dejó en su retirada desolación  y tristeza.
La soledad de Eugenio comenzó hace veinte años, cuando Algodonera de Oriente cerró sus puertas, dejando sin trabajo a tres cuartas partes de la población, convirtiendo a Lago Escondido  en un villorrio enterrado en su propio pasado. Solo quedan hoy, suspendidos en el tiempo, los vecinos viejos como parte del paisaje.
Escabullida entre tantos jóvenes que escaparon en busca de oportunidades en la gran ciudad, estaba Flor,  la hija de Eugenio, rebelde con o sin causa, un espíritu libre y lista para cualquier acción. A pesar de todas las súplicas de su padre, partió un día con rumbo desconocido, con la promesa de escribir en cuanto le fuera posible. Dejó bien en claro que solo regresaría cuando toda la pasión que su padre siente hacia el pueblo sea suficiente para teñirlo de blanco y volver a pintarlo, cuando por la misma pasión corran lágrimas suficientes para humedecer  la tierra, dibujar la sonrisa en los rostros de los viejos de la plaza y hacer que el mejor maestro de la gran ciudad se acerque para iluminar la mente de los niños de Lago Escondido.
En un intento por sobreponerse a su dolor, de tanto en tanto Eugenio pasa por el bodegón  de Don Mario, en la calle principal  frente a la plaza, lindando con el almacén de ramos generales del gringo Antonio, a conversar con algunos vecinos. Le han comentado que está por llegar una Bióloga  reconocida de una importante empresa para realizar estudios en la zona, ya que la construcción de una nueva represa es un hecho, abriéndose mil quinientos puestos de trabajo para la región.
Muchos años han pasado desde aquel amanecer ensombrecido. Como única foto quedó en la mente de Eugenio antes que las lágrimas empañaran sus anteojos, la polvareda levantada por la camioneta que se llevaba a Flor.
Esta mañana, como otras, bien temprano, con la taza de café humeando en una mano y tres bizcochos en la otra, sale al balcón. Amaneció claro, el sol de Otoño tiene bastante que ver en eso. Mientras tanto el viento se ocupa de empujar la neblina sucia alejándola del caserío.
Apenas terminando el café, ya casi por entrar nuevamente a la casa, sus ojos se hunden en el horizonte, el sol lo encandila pero no puede impedirle ver que a lo lejos un vehículo se aproxima a gran velocidad levantando una colosal polvareda. Logra divisar una camioneta azul eléctrico tan brillante que ni la misma tierra puede opacarla. Faltando escasos cincuenta metros para pasar por la puerta de su casa, que en contraste luce antigua y deslucida, dejando al descubierto la soledad y la tristeza de su dueño, detiene su marcha. En su interior ver la figura de una mujer con gafas oscuras al volante y un acompañante. La mujer abre la puerta, desciende, encaminándose hacia el portal de la casa, golpea delicada pero insistentemente.
Eugenio, nervioso, se apresura  a bajar la escalera lo más rápido que puede, trastabillando en los últimos escalones. Y al abrir la puerta,  se encuentra con la muchacha parada en el porch. En silencio se quita los anteojos y dice:_¡Hola Pa, solo fue el tiempo que me tomó reunir las lágrimas necesarias para humedecer esta tierra y comprender la pasión desmedida que te une a este pueblo para que juntos volvamos a pintarlo.

Susana Scorpiniti
(24/03/2010)





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El viaje de Lorenzo

Sin poder disimular el intenso dolor de muelas que lo tortura desde hace tres días, Lorenzo sube al consultorio del 5º piso.

Al bajar del ascensor, y luego de golpear una sencilla puerta, es recibido por Berta, la asistente del odontólogo, quien lo invita con una sonrisa a tomar asiento en uno de los sillones de la sala.

Cuando queda solo y en silencio, con su padecimiento a cuestas, se relaja para sentir algo de alivio. Elige el sillón más grande donde se desparrama y estira los brazos sobre el respaldo, acomodando su cabeza hacia atrás. El deseo de sacarse los zapatos cruza su mente. Distraído mira el reloj que marca las tres y media de la tarde.

En la pared frente a él, un enorme almanaque muestra la fotografía de un tigre destacándose en la penumbra de la selva. Los ojos entreabiertos de Lorenzo observan la escena mientras una extraña neblina lo va envolviendo.

Cuando sus párpados terminan de cerrarse, su rostro relajado ya no refleja dolor, la luz de su realidad se apaga. Ya dormido viaja solo atravesando el túnel de los milagros,  arribando de improviso al lugar donde la fantasía queda atrapada en medio del amanecer y el crepúsculo. 

Lorenzo se sorprende al verse sentado bajo un árbol, vestido, de noche y en plena selva con el uniforme azul de la escuela, y la mochila cargada de libros todavía colgando de su espalda.

La luna llena ilumina el claro del bosque nutriendo la inspiración de los cantores salvajes de la noche. Comienza a caminar, extraños senderos se abren a su paso, los árboles se agitan dándole la bienvenida como si fuera un nuevo huésped en la espesura.

Súbitamente un sonido desentona la calma. Quiere comprobar de que se trata, pero la niebla que cubre la jungla se hace cómplice del místico paisaje desorientando a Lorenzo, que no logra entender  lo que sucede.

Su corazón palpita desconfiado, acelera el paso. El retumbo ahora más cercano lo despista y la adrenalina comienza a invadirlo.

Las hojas secas crujiendo y chasqueando detrás de él lo alertan. Aterrado, comienza a correr utilizando  sus brazos como remos para apartar las ramas que golpean su cara, de repente, el sonido se mezcla con el susurro de un río que aparece frente suyo. Ve que un enorme tronco lo atraviesa, se apresta a pasar a la otra orilla. Le cuesta mantenerse firme, el tronco se arquea lentamente, trastabilla y cae. Un enorme árbol, arrastrado por la corriente se acerca peligrosamente a él en el torbellino.

Sin pensarlo mucho, convencido de su oportunidad, se aferra a una de sus ramas, comenzando la loca travesía río abajo llevado por la correntada.

Sin poder distinguir la orilla, solo piensa en patalear de manera constante lo más rápido posible, rogando en voz alta que sus piernas no se acalambren. A su alrededor otros troncos y piedras entorpecen aún más el accidentado viaje. Sus piernas y brazos golpean contra todo lo que el agua arrastra con furia.

A la deriva, con mucha fortuna, queda medio enredado en la maleza de un recoveco. Sin dudarlo y como puede, sube la cresta y empieza a caminar por la orilla barrosa.

La mochila ya no cuelga de su espalda y su ropa son ahora harapos mojados. Presiente que no esta solo, que nunca lo estuvo. Vuelve a recordar aquel chasquido de hojas secas y se detiene. Mira  hacia atrás y lo que ve lo aterra. Los ojos verdes, como esmeraldas, de un enorme tigre,  están mirándolo fijamente. Ahora entiende que la carrera por su vida recién comienza, y que trepando a cualquiera de los árboles tendría alguna oportunidad. Con sus uñas ensangrentadas y la mirada del feroz felino clavada en su espalda, logra encaramarse al primero que encuentra. Lorenzo se rinde  extenuado por tanto esfuerzo. El tigre, sorpresivamente, hace lo mismo durmiéndose a los pies del árbol.

Pero un malestar sigue incomodándole, algo no está bien. Una mano le sacude el hombro. Una voz le susurra al oído.

 _ ¡Lorenzo, Lorenzo…  el doctor te espera…! Al abrir los ojos y levantar la mirada, los ojos verdes, verdísimos de Berta como esmeraldas, están mirándolo fijamente. 

Susana Scorpiniti

 (25/09/2010)