17 dic 2009

EL ALTILLO

Mabel tenía 4 hijos. Dos ya no vivían con ella, y los otros dos estaban tirados en el sillón del living fumando: eran Camila y Federico. De pronto sonó el timbre. Era la vecina de al lado que siempre venía a molestar por algo. Mabel, que estaba con los quehaceres de la casa, tuvo que ir abrir la puerta. Al pasar le dijo a sus hijos:
-¡Pero ustedes ahí tirados y no se preocupan por nada!
- Doña María, ¿que ocurre ahora?
- Es que vi entrar a su altillo una inmensa rata, no sea cosa que después tenga ratoncitos y se vengan a mi casa.
Mabel sin decir agua va, escoba en mano comenzó a subir los escalones, no sin antes gritarles a sus hijos, vagabundos indolentes, no me ayudan en nada. Llegó hasta la puerta y con el pánico que le producía el solo pensar que haría si esa rata apareciera, comenzó a golpear el sucio lugar hasta que observó un bulto, una y otra vez pegaba y decía: -te encontré rata inmunda. Al verlo sólo resultó un par de medias: las olió y frunció la nariz. La poca luz que reinaba en el lugar no le permitía ver con claridad. Pisó algo que crujía. Alumbró con la linterna pensando que la había pisado, pero era un corpiño; lo levantó y exclamó: - ¡este es el corpiño de mi hija; ya vamos a arreglar el porqué se encuentra aquí! De repente se escuchó un ruido dentro de una caja. Mabel, astuta, antes de que escape comenzó a dar golpes, uno tras otro hasta que no se escuchó ruido alguno. Despacito abrió la caja y vio su cola, que aún sacudía de un lado a otro. Hizo coraje y la tomó por la cola hasta sacarla. Cuando la vio tuvo ganas de vomitar, pero el pobre animal le dio pena: sangraba por la boca y una baba maloliente corría por entre sus dientes. A Mabel la conmovió el bicho y comenzó a hacerle respiración boca a boca y a apretar su pecho 1,2,3. Mabel tenía la cara empapada en sangre y baba del animal que a juzgar por su tamaño podría tranquilamente comerse a un gato. Limpió la sangre de sus comisuras con la manga y volvíó a hacerle respiración boca a boca una y otra vez. A veces se le resbalaba de las manos, pues tenía su cuerpo empapado. Los ojos se le salieron afuera debido a los masajes, y ella se los metió nuevamente adentro con sus dedos, tratando de que la sangre no le impidiera que quedaran en su lugar, pero la rata no volvía en sí. Los golpes le habían sacado afuera los sesos, no había más nada por hacer.
Mabel bajó asustada, gritándoles a sus hijos:

- Maté a la rata y después me arrepentí.

MÓNICA MARTINEZ
25/09/09

13 dic 2009

AVE FENIX

No le había quedado nada. Al auto se lo robaron y con lo que pagó el seguro no alcanzó a reponerlo; el resultado de la venta del departamento lo perdió en una estafa que le hicieron sus socios, por lo que se quedo también sin trabajo. Sin dinero, sus amigos se esfumaron: ya no podía compartir esas salidas caras a las que estaban acostumbrados. Su familia se evaporó. Algunos migraron y otros se hicieron invisibles.
Susana, acostada mirando el techo del cuarto de ese departamento que no era suyo, lloraba mientras recorría mentalmente estas instancias y se preguntaba ¿Qué me duele más? Sin duda la pérdida de los que quería y creía sinceros. El pensamiento la torturaba. ¿Quién soy? Sin afectos, sin trabajo ni bienes materiales ¿que queda? ¿Con que me identifico? Estaba muy deprimida y la idea del suicidio la rondaba.
Pasaron varios días. Poco a poco fue reaccionando acuciada por la realidad. Necesitaba dinero para lo más imprescindible. Empezó a vender lo que quedaba. El equipo de revelación fotográfico fue lo primero; eso no la afectaba, solo era cambiar algo que ya no usaba por dinero para pagar cuentas.
Mario, un conocido, le propuso darle mercadería en consignación. Ropa fina de mujer y bijouterie artesanal, ésa que antes ella le compraba. Susana, que siempre estuvo detrás de un escritorio, salio a la calle con un bolso repleto de esperanzas, a recorrer negocios, a contactarse con personas que nunca había tratado, en un ambiente que no conocía, ni era conocida.
Se armo un pequeño discurso de presentación: - Hola, buen día, mi nombre es Susana, mucho gusto, quería ofrecerle… Y a ensayar sonrisas.
Así, día tras día, en colectivos, subtes y trenes recorrió barrios y localidades que ni sabía que existían. A los pocos meses ya se mantenía, aunque un poco apretada, pero lo lograba. Conoció todo tipo de personas, algunas muy amables, otras no tanto. Entre ellas a José, un hombre por quien se sentía valorada.
Mientras se lavaba la cara se miró en el espejo. La imagen reflejada se parecía físicamente a aquella otra, pero si llegaba a la profundidad de la mirada, encontraba un brillo distinto que no era por lágrimas. Era otra Susana.
Sonrió, se tiro un beso, largo una carcajada y se dijo a si misma: - ¡Sos una loca linda! Llamó a José. Acordaron salir con unos amigos que le resultaban muy simpáticos.
Se sentía feliz. Había renacido de las cenizas.


ROSA KATZ
11 de diciembre 2009

7 dic 2009

TEXTOS DE ROSANA SAPIA



ELVIEJO VIOLIN

Y allí estás, solo, olvidado en un rincón. Cubierto de telarañas. No te queda ni el estuche negro forrado de pana bordó. Pensar que años atrás eras el rey de las reuniones. Tu música sonaba como el canto de los ángeles. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué estás allí, silencioso, comido por las polillas que no respetaron tu trayectoria? Tampoco "ellos" valoraron tu excelencia: tu curvatura perfecta, tu madera lustrada que con manos de un luthier fue moldeada paso a paso. ¡Cuántos recuerdos quedaron atrás! Son otras épocas, dijeron, y el espacio que era tuyo fue cedido al nuevo violín eléctrico, azul metalizado, aunque no tiene tu porte ni tu distinción.
Muchos años pasaron. Andamos rondando los ochenta. Pero no te preocupes viejo amigo, compañero de serenatas, yo te voy a rescatar y volverás a brillar como antes. Juntos le vamos a demostrar que viejos, son los trapos.


EL CUIDADOR

Cuando amanece, instalado en el centro de la plaza cercana a la estación, comprueba que aún no hay nadie y se dedica a disfrutar la maravillosa naturaleza. Palos borrachos en flor, lapachos, jacarandaes y un camino de álamos enfrentados entre sí que se abren a su paso. Siempre descubre algo nuevo. Los teros, fieles centinelas, avisan con sus gritos la llegada de intrusos que amenazan a sus crías. Los pájaros carpinteros asoman sus cabecitas desde el hueco de un árbol y los colibríes, flotando entre las flores, vuelan de un lugar a otro con tanta velocidad que apenas puede distinguir sus colores. A veces, hasta un gorrión atrevido se posa en sus hombros.
Ese espacio le pertenece, lo siente. Allí no existen problemas ni mal humor. Es su pequeño rincón, su lugar de confesión, su conexión con la madre tierra. Nadie lo maltrata. Luego de absorber esa energía sigue su rutina hasta que la noche va cubriendo el lugar, pero él seguirá allí, porque un buen espantapájaros no hace abandono de trabajo.

ROSANA SAPIA