3 ene 2010

CIEN VECES, MARISA

“El espejo en el centro sobre el centro del laberinto de la vida.”


Marisa estaba sentada frente a la mesa donde el cuaderno y la lapicera aguardaban el incomparable momento de la inspiración.
Le costaba encontrarla para cumplir la consigna dada por la coordinadora del taller literario: “Cien veces Marisa”.
Conspiraba contra el deseo de escribir las siempre presentes afirmaciones de Dolina sobre el dolor intenso que causa el poner lo que uno es y siente; el tormento de la soledad que implica el acto de escribir.
Pensaba que proclamarse cien veces lo que uno es, significaría estar loco.
Hacía frío; decidió irse a dormir; ya en la cama se tapó la cabeza y al poco entró en la alquimia del sueño donde se reconstruye lo primordial y se rompen los lazos con lo racional entrando en un espacio sin tiempo lineal.
Marisa ya vestida, dispuesta a caminar por un parque de diversiones revestido de luces, colores y música; disfrutando el encanto del paisaje que la envolvía caminó hasta el tren fantasma que lucía un raro nombre: “Tren del Juicio”. Marisa subió a un vagón solitario y éste entró en el túnel; una voz explicó la rutina del juego: “Contemplarás espejos y en cada uno verás situaciones y tiempos de tu vida; si llegan a cien y ha valido la pena vivirlas, serás premiada”.
1º espejo: Marisa en su infancia, cuando sorteó por dos veces la muerte anunciada; su sufrimiento como hija, la soledad como mandato, el colegio primario, su imaginación como refugio.
2º espejo: Marisa adolescente, opositora a la cultura de la época (situación en la que aún permanece), excelente nadadora y pasable esgrimista; buena alumna del secundario, los primeros bailes y fracasos de amor. La tristeza en lo profundo de su ser.
3º espejo: Marisa en la facultad, un solo examen y muchas corridas (estaba el peronismo y como siempre la izquierda en otra dimensión). La protegió un falso estudiante al que acompañaba la muerte como destino.
4º espejo: Marisa en busca de aventuras; las islas del Delta, un hombre, paseos nocturnos en bote por las aguas entonces no contaminadas, la noche, la luna plateando el río, resaltando la vegetación de las islas tranquilas; el nadar juntos, la playa, una relación intensa sin palabras, un recuerdo imborrable.
5º espejo: Marisa y su vida en la villa miseria de Rosario. Sus experiencias tan queridas, un policía y un beso de amor siempre recordado, manos que la ayudaron, una etapa aventurera pero valiosa, sincera, sin máscaras. La aventura terminó y Marisa regresó a su hogar.
6º espejo: Marisa y el psicoanálisis, un principio por siempre principio. Su carrera de asistente social y un encuentro con una religiosa, el ser humano más auténtico como cristiano que conoció hasta este tiempo.
7º espejo: Marisa como asistente social; la oportunidad de lograr status; la ética con que nació no se lo permitió. Su casamiento con un revolucionario de los setenta terminó con su profesión.
8º espejo: Marisa se casó; el revolucionario (supuestamente lo era en el campo político) como persona la hirió, hundiendo una zona de su espíritu para siempre. La separación. Un hijo floreció, nadie, ni él mismo, puede desterrarse de su amor.
9º espejo: Más allá de la lógica, sus encuentros con los militares fueron instantes de una comunicación increíble. Su tarea como psicomotricista en una institución de padres con niños que sólo tenían el sentimiento, se transformó en una construcción de fe y amor que dio significado a su vida.
10º espejo: La comprensión que el camino junto a todos hace del sufrimiento un río de aguas límpidas donde el alma se refugia y se recubre de esperanza.
Marisa esperaba los otros noventa espejos; un cartel alertó su atención: “ya es suficiente; baja”.
Con cierto temor ella bajó y empezó a caminar por el laberinto de túneles; se encontró con un amplio salón, el centro del laberinto, profusamente iluminado, con paredes revestidas por paneles pintados con flores de intenso color. Allí la esperaba un ángel.
-“Fuiste aprobada, no hay más espejos. El Padre te premia por tu tenacidad de luchar con la muerte, con la nada y, porqué no, con la locura. Siempre diste algo de amor. El premio búscalo en ti”.
Marisa se despertó; el sol golpeaba en su ventana; se vistió mientras pensaba en el premio. Se miró en el espejo; comprendió que el pasado se diluye en un propio perdón y supo que ya no habría más laberintos ni espejos con memoria.

Maria Luisa Rovelli